BRUNO. ¿Conque no sé lo que me digo? Y en topando cualquiera de ustedes con un libraco de historia o sucedido, de ésos que tienen el forro colorado, ya no ha de saber dejarlo de la mano hasta apurar si D. Fulano, el de los ojos dormidos y pelo crespo, es hijo o no de su padre, y si se casa o no se casa con la joven boquirrubia que se muere por sus pedazos, y que es cuando menos sobrina del Papamoscas de Burgos: todo mentiras.

DOÑA MATILDE. ¿Acabaste?

BRUNO. No señora, porque es muy malo, muy malo leer en la cama….

DOÑA MATILDE. ¡Aprieta! ¿Y no ha venido nadie?

BRUNO. Nadie … ah, sí, vino el aguador con su esportilla y su….

DOÑA MATILDE. ¿Qué tengo yo que ver con el aguador ni con su esportilla?

BRUNO. ¿Esperaba usted acaso otra visita a las siete de la mañana?

DOÑA MATILDE. No…. Sí…. ¡Válgame Dios, qué desgraciada soy!
(Sentándose)

BRUNO. ¡Desgraciada! ¿Qué dice usted?

DOÑA MATILDE. ¡Oh, muy desgraciada, muy desgraciada!