BRUNO. Pues señor, ¿qué ha sucedido? acaso su papá de usted….

DOÑA MATILDE. No, papá duerme todavía y estará sin duda bien lejos de soñar o de pensar que el terrible momento se aproxima en que va a decidirse para siempre el porvenir de su hija única y querida … ¡para siempre! Ay, Bruno, si tú pudieras comprender toda la fuerza y la extensión de esta palabra ¡para siempre!

BRUNO. Sin contar que el día menos pensado nos va a dar usted un susto con la luz y la cortina.

DOÑA MATILDE. Mira, Bruno, que estás muy pesado.

BRUNO. Siempre las verdades pesan, señorita, amargan y se indigestan.

DOÑA MATILDE. Qué disparate, sino que anoche cabalmente ni siquiera hojeé un libro. Buena estaba yo para lecturas.

BRUNO. ¿Estuvo usted mala, eh? Y cómo no quiere estar usted mala con ese maldito te que ha dado usted en tomar ahora en lugar del guisado y de la ensalada, que todo cristiano toma a semejantes horas. Yo no digo por eso que el te no sea saludable … pero al cabo no pasa de ser agua caliente; sólo podía habernos venido de Inglaterra, que como allí son herejes, ni tendrán vino, ni bueyes cebones, ni … ¿Qué está usted curioseando por esa ventana?

DOÑA MATILDE. Nada; miraba si … ¿qué hora será?

BRUNO. Las siete dieron hace rato en San Juan de Dios. ¡Vaya, y qué tonto me hace usted! Conque ¿no comprendo lo que quiere decir para siempre? Para siempre es lo mismo que decir a uno "hasta que te mueras".

DOÑA MATILDE. Decía sólo que si tú pudieras discernir bien y avalorar las sensaciones de diferente naturaleza que semejante palabra excita, fomenta, inflama….