DON EDUARDO. En justo pago de las cometas que nos han hecho, o de las muñecas que nos han arrullado. Y éste me parece además muy buen sujeto.

DOÑA MATILDE. ¡Oh, muy bueno!… ¡Si viera usted la ley que nos tiene … y lo que le queremos todos! ¡Pobre Bruno! Cuando estuvo el invierno pasado tan malo, ni un instante me separé yo de la cabecera de su cama.

DON EDUARDO. Con qué gusto oigo a usted eso, ¡Matilde mía!

DOÑA MATILDE. Nada tiene de particular; sin embargo, una cosa es que sus vejeces me desesperen tal cual vez, y otra cosa es que…. ¡Ay Dios, y qué temblor me ha dado!

DON EDUARDO. ¿Está usted sin almorzar?

DOÑA MATILDE. Por supuesto.

DON EDUARDO. Entonces es algún frío que ha cogido el estómago, y….

DOÑA MATILDE. Entonces también temblaría usted, porque es bien seguro que tampoco habrá usted tomado nada.

DON EDUARDO. Sí, por cierto; he tomado, según mi costumbre, una jícara de chocolate, con sus correspondientes bollos y pan de Mallorca.

DOÑA MATILDE. ¡Chocolate y pan de Mallorca en un día como éste!