DOÑA MATILDE. Me parece mejor que intercale usted entre la segunda y la tercera un gran suspiro para que no sea tan fácil el que yo pueda equivocarme, si acaso hubiera otra intriga amorosa en la calle.
DON EDUARDO. Observación muy prudente … suspiraré entre la segunda y la tercera.
DOÑA MATILDE. Pues lo demás déjelo a mi cargo, que Bruno y yo dispondremos el cómo burlar la vigilancia de mi padre.
DON EDUARDO. No hay más que hablar. Adiós bien mío.
DOÑA MATILDE. Adiós.
DON EDUARDO. Ah, se me pasaba el recomendar a usted que no traiga consigo alhaja alguna, ni dinero ni cosa que lo valga, porque dirían que yo….
DOÑA MATILDE. Pierda usted cuidado … una muda o dos cuando más, con las cartas que usted me ha escrito, el retrato de Atala, la sortija de alianza, y la rosa que usted me dió en el primer rigodón que bailamos juntos, y que conservo en polvo, envuelta en un papel de seda; esto es todo lo que pienso llevar.
DON EDUARDO. Ni necesita usted más. Adiós otra vez.