DON EDUARDO. Llénala, y no empecemos con economías.

DOÑA MATILDE. Ya lo está.

DON EDUARDO. Divinamente; y volviendo a lo de anoche, ¿creerás, Matilde, que todavía me río al recordar lo asustada que estabas durante la ceremonia?

DOÑA MATILDE. Pues mira, mayor fué, si cabe, mi congoja al subir esta eterna escalera a tientas, al tardar diez minutos en acertar con el agujero de la llave, al encontrarme después sola y sin luz en este aposento desconocido y frío, sin atreverme a dar un paso por no tropezar con algún mueble, hasta que volviste con el candelero que te prestó la vecina.

DON EDUARDO. ¡Bendita vecina!… por ella nos escapamos anoche sin un chichón cada uno cuando menos, y a fe que hubiera sido de mal agüero.

DOÑA MATILDE. Ya empieza a hervir el agua.

DON EDUARDO. Y también deduzco del gesto que hiciste involuntariamente al entrar yo con la luz y recorrer tú con la vista el cuarto en que te hallabas, que te sorprendió en gran manera su pelaje.

DOÑA MATILDE. ¡Qué disparate!

DON EDUARDO. Vaya, la verdad. ¿No esperabas hallar otra cosa?

DOÑA MATILDE. ¡Oh! lo que es eso….