DON EDUARDO. ¡Toma, ya te desanimas!

DOÑA MATILDE. No, pero sí extraño cómo has tenido paciencia para oír tanta grosería.

DON EDUARDO. En efecto, merecía el gran vinagre que le hubiera tirado los tres duros a la cabeza.

DOÑA MATILDE. Y ¿por qué no lo has hecho?

DON EDUARDO. En primer lugar porque no tenía los tres duros.

DOÑA MATILDE. Podías haberle castigado de otro modo.

DON EDUARDO. No, hija, que para castigar con dignidad a un acreedor que se insolenta hay siempre que empezar por pagarle.

DOÑA MATILDE. ¡Siempre!

DON EDUARDO. ¿No ves que si no, se puede creer que uno ha querido zafarse a un mismo tiempo del acreedor y de la deuda?

ESCENA IV