DON EDUARDO. ¿Pero no conoces que te estoy embromando? ¿De otro modo pudiera yo contradecirte en materias tan evidentes?

DOÑA MATILDE. Eso era lo que me confundía … pero ahora que me acuerdo … ¿por qué me hiciste responder a la vecina que no necesitábamos de su lavandera?

DON EDUARDO. Porque como no nos había de lavar de balde….

DOÑA MATILDE. Alguien ha de lavar lo que emporquemos, sin embargo.

DON EDUARDO. Preciso … pero lo harás tú.

DOÑA MATILDE. ¡Yo!

DON EDUARDO. ¿Quién quieres que lo haga en tanto que no tengamos con qué pagar a otra mujer?

DOÑA MATILDE. ¡Y se me llenarán de grietas!

DON EDUARDO. Como que no hay cosa peor que el jabón y el agua caliente … mas puedes estar segura, Matilde mía, que con la misma ilusión con que tu Eduardo te besa ahora esta mano tan suave y blanca, con la misma te la besará cuando la tengas áspera como una lija y colorada como un tomate.

DOÑA MATILDE. No lo dudo, Eduardo; pero … pero ello de todos modos es muy desagradable … ¡y mi pobre papá que tenía tanta vanidad con mis manos!… ¿Qué buscas?