DON EDUARDO. Todos los días, ¡a ti que te gusta tanto la limpieza! y tendrás asimismo que guisar, fregar, jabonar, planchar, coser, remendar, y hacer en fin, todo aquello que hace una mujer casada sin criada.
DOÑA MATILDE. Ay, Eduardo, ¿sabes que es dinero muy bien gastado el de los salarios?
DON EDUARDO. ¿Quién dice que el dinero no sirve alguna vez de algo? pero no muy a menudo … y si uno va a considerar todos sus inconvenientes ¿crees tú que … no son éstas que dan las nueve? ¡Cáspita y qué tarde!… Con esto y con que haya salido ya mi escribano, nos quedemos también sin comer…. Adiós vida mía, abrázame.
DOÑA MATILDE. Anda con Dios.
DON EDUARDO. ¡Otro abrazo … otro … es tanto lo que te quiero! Adiós.
ESCENA VI
DOÑA MATILDE
DOÑA MATILDE. Ay, no sé lo que tengo … pero … no, no me siento muy buena…. ¡Ay! ¡Si se pudiera lavar con guantes de encerado! ¡Qué se ha de poder! ¡Luego cásese usted para estar todo el día sola! ¡Paciencia¡ ¡Picaros autores! dejarse precisamente en el tintero lo que las pobres habían tenido que trabajar entre sus cuatro paredes!… y ello ninguna tenía criada … como yo … y habían tenido todas que empezar cada mañana por levantar sus camas … como yo voy a levantar la mía … porque si yo no la levanto … vamos allá … ¡aquella Juana si que despachaba en casa todas estas cosas en un santiamén! como que estaba acostumbrada … y yo desgraciadamente no lo estoy…. ¡Lo que pesa el colchón! (Lo pone en el suelo) ¡Pues el jergón!… (Ídem) ¡Ay, descansemos un poco! (Se sienta sobre uno de ellos)