ELISA. ¡Y qué bien se conoce![1]

ANTONIO. ¡Qué!… ¡Calla!… Esa cena … esa pulsera…, este pañuelo…. ¿A cuántos estamos? Sí, a doce de febrero. ¿Conque hoy?… ¡Válgame Dios! Hoy es el segundo aniversario de nuestro enlace…. Y yo lo había olvidado…. ¡Y nada te doy, ni tan sólo un ramo de flores!… ¡Y quería irme!… ¡Y tú nada me decías! Pégame, Elisa, pégame; lo merezco; soy un ingrato, un animal. Pero ¡qué animal! El hombre que se avergüenza de amar a su esposa y de ser feliz, debía andar en cuatro pies. Dicen que me dominas. Pues, muy bien que dicen. Me dominas con las armas invencibles de la ternura y del amor. Dicen que soy tu esclavo. ¡Mucho que sí! Esclavo aprisionado con cadenas de flores. ¡Dichosa esclavitud!

ELISA. Antonio, Antonio mío, no me hables de ese modo si no quieres hacerme llorar.

ANTONIO. Llora. ¿Por qué no? ¡Están las mujeres tan bonitas llorando! Pues a mí mismo me falta poco…. (Haciendo esfuerzos para contener las lágrimas.) Y eso que los hombres, según dicen en el café…. ¡Qué diablos! ¿Por qué no han de llorar también los hombres cuando les dé la gana?. (Dejándose llevar de su emoción y llorando.) Espera. (Vase precipitadamente por la puerta de la derecha.)

ELISA. ¿Adónde vas? Oye. ¿Qué quieres?

ANTONIO (dentro). Nada. Vuelvo en seguida.

[Footnote 1: #¡Y qué bien se conoce!:# And how evident it is; i.e., How well you show that it is graven in your heart.]

ELISA. Pero ¿qué intentas?

ANTONIO. Ahora lo verás.

ELISA. ¿Acaso?… No me atrevo a creerlo…. Habla, Antonio; responde: ¿te quedas conmigo? (Con mucha alegría.)