10 «POSDATA.—Expresiones a Pepa, y dime, si habéis tenido
hijos.»

Escrita la precedente carta,[[83-5]] el insigne jurisconsulto pasó a la
cocina, donde su mujer estaba haciendo calceta y cuidando el
puchero, y díjole las siguientes expresiones en tono muy áspero
15 y desabrido, después de echarle en la falda las ocho monedas
de a cuatro duros que ya conocemos:

—Encarnación,[[83-6]] ahí tienes: compra más trigo, que va a subir
en los meses mayores,[[83-7]] y procura que lo midan bien. Hazme
de almorzar mientras yo voy a echar al correo esta carta para
20 Sevilla preguntando los precios de la cebada. ¡Que el huevo
esté bien frito y el chocolate claro! ¡No tengamos la de
todos los días![[83-8]]

La mujer del abogado no respondió palabra, y siguió haciendo
calceta como un autómata.

V

25 Dos semanas después, un hermosísimo día de Enero, como
sólo los hay en el Norte de África y en el Sur de Europa,
tomaba el sol en la azotea de su casa de dos pisos el maestro
de capilla de la catedral de Ceuta con la tranquilidad
de quien ha tocado el órgano en misa mayor y se ha comido
30 luego una libra de boquerones, otra de carne y otra de
pan, con su correspondiente dosis de vino de Tarifa.[[83-9]]
(p84)
El buen músico, gordo como un cebón y colorado como una
remolacha, digería penosamente, paseando su turbia mirada de
apoplético por el magnífico panorama del Mediterráneo, y del
Estrecho de Gibraltar, del maldecido Peñón[[84-1]] que le da nombre,
05 de las cercanas cumbres de Anghera y Benzú[[84-2]] y de las remotas
nieves del Pequeño Atlas, cuando sintió acelerados pasos en la
escalera y la argentina voz de su mujer, que gritaba gozosamente:

—¡Bonifacio! ¡Bonifacio! ¡Carta de Ugíjar! ¡Carta de
tu tío! ¡Y vaya si es gorda![[84-4]]

10 —¡Hombre![[84-5]]—respondió el maestro de capilla, girando
como una esfera o globo terráqueo sobre el punto de su
redonda individualidad, que descansaba en el asiento.—¿Qué
santo se habrá empeñado para que mi tío se acuerde de mí?
¡Quince años hace que resido en esta tierra usurpada a Mahoma,
15 y cata aquí[[84-6]] la primera vez que me escribe aquel abencerraje,[[84-7]]
sin embargo de haberle yo escrito cien veces a él!
¡Sin duda me necesita para algo!

Y, dicho esto,[[84-8]] abrió la epístola (procurando que no la leyese
la Pepa de la posdata), y apareció, crujiente y tratando de
20 arrollarse por sí propio,[[84-9]] el amarillento pergamino.

—¿Qué nos envía?—preguntó entonces la mujer, gaditana[[84-10]]
y rubia por más señas,[[84-11]] y muy agraciada y valiente a pesar de
sus cuarenta agostos.