25 El aduar se hallaba completamente solo en aquel momento.
Todos sus habitantes habían salido ya con el ganado o con los
aperos de labor a los vecinos montes y cañadas.

—Espérame aquí ...—dijo Manos-gordas a su mujer.—Yo
voy á buscar a ben-Munuza, que debe de hallarse al otro
30 lado de aquel cerro arando los pobres secanos que allí posee.

—¡Ben-Munuza!—exclamó Zama con terror.—¡El renegado
de quien me has dicho....(p96)

—Descuida....—interrumpió Manos-gordas.— ¡Hoy
puedo yo más que él! Dentro de un par de horas estaré de
vuelta, y verás cómo se viene[[96-1]] detrás de mí con la humildad de
un perro. Esta es su choza.... Aguárdanos en ella, y haznos
05 una buena ración de alcuzcuz[[96-2]] con el maíz y la manteca
que hallarás a mano. ¡Ya sabes que me gusta muy recocido![[96-3]]
¡Ah! Se me olvidaba.... Si ves que anochece y no he bajado,
sube tú; y si no me hallas en la otra ladera del cerro o
me hallas cadáver, vuélvete a Ceuta y echa la carta al correo....
10 Otra advertencia: suponiendo que sea mi cadáver lo que encuentres,
regístrame, a ver[[96-4]] si ben-Munuza me ha robado o no
este pergamino.... Si me lo ha robado, vuélvete de Ceuta a
Tetuán, y denuncia a las autoridades el asesinato y el robo.
¡No tengo más que decirte! Adiós.

15 La mora se quedó llorando a lágrima viva, y Manos-gordas
tomó la senda que llevaba a la cumbre del inmediato cerro.

XI

Pasada la cumbre, no tardó en descubrir en la cañada próxima
a un corpulento moro vestido de blanco, el cual araba patriarcalmente
la negruzca tierra con auxilio de una hermosa
20 yunta de bueyes. Parecía aquel hombre la estatua de la Paz
tallada en mármol. Y, sin embargo, era el triste y temido renegado
ben-Munuza, cuya historia os causará espanto cuando la
conozcáis.

Contentaos por lo pronto con saber que tendría cuarenta años,
25 y que era rudo, fuerte, ágil y de muy lúgubre fisonomía, bien
que sus ojos fuesen azules como el cielo y rubias sus barbas
como aquel sol de África que había dorado a fuego[[96-5]] la primitiva
blancura europea de su semblante.

—¡Buenos días, Manos-gordas!—gritó en castellano el antiguo
30 español, tan luego como divisó al marroquí.

Y su voz expresó la alegría melancólica propia del extranjero
que halla ocasión de hablar la lengua patria.
(p97)
—¡Buenos días, Juan Falgueira!—respondió sarcásticamente
ben-Carime.