Jaime Olot se puso más amarillo que la cera al oír aquellas
palabras, y dijo, cruzando las manos:

—¡Escóndame usted, señor Alcalde! ¡De lo contrario,[[106-2]] no
25 tendremos tesoro! ¡La justicia viene en mi busca!

—¿En busca de usted? ¿Por qué razón? ¿Es usted algún
criminal?

—¡Bien lo decía yo!—gritó la tía Torcuata.—¡De esa
cara triste no podía venir nada bueno! ¡Todo esto es cosa
30 de Lucifer!
(p107)
—¡Pronto! ¡pronto!—añadió el forastero.—¡Sáqueme
usted por la puerta del corral!

—¡Bien! Pero déme usted antes las señas del tesoro....—expuso
el tío Hormiga.

05 —Señor Alcalde....—seguían diciendo los que llamaban a
la puerta. —¡Abra usted! ¡El pueblo está cercado! ¡Parece
que buscan a ese hombre que habla con usted hace una
hora!...

—¡Abrid al Juzgado de primera instancia![[107-1]]—gritó por
10 último una voz imperiosa, acompañada de fuertes golpes
dados a la puerta.

—¡No hay remedio!—dijo el Alcalde, yendo a abrir, mientras
que el forastero se encaminaba por la otra puerta en busca
del corral.

15 Pero el mayoral y el cabrero, advertidos de todo, le cerraron
el paso, y entre ellos y los soldados, que ya penetraban también
por aquella puerta, lo cogieron y ataron sin contratiempo
alguno, aunque aquel diablo de hombre desplegó en la lucha
las fuerzas y la agilidad de un tigre.

20 El alguacil del Juzgado, a cuyas órdenes iban un escribano y
veinte soldados de infantería, contaba entre tanto al despavorido
Alcalde las causas y fundamentos de aquella prisión tan
aparatosa.