—¿Qué quieres?—me respondió la sombra que había a mi
lado.

Me estremecí.

20 —¡Dios mío! (exclamé.)—¿Estoy en el otro mundo?

—¡No!—dijo la misma voz.

—Ramón, ¿vives?

—Sí.

—¿Y yo?

25 —También.

—¿Dónde estoy?—¿Es ésta la ermita de San Nicolás?—¿No
me hallo prisionero?—¿Lo he soñado todo?

—No, Basilio; no has soñado nada.—Escucha.