—Pues sacad a ese hombre de las filas, y que siga la ejecución
al momento....—exclamó el jefe carlista.
Entonces te cogí en mis brazos y te conduje a este calabozo.
VIII
No bien dejó de hablar Ramón, cuando me levanté y le dije,
25 con lágrimas, con risa, abrazándolo, trémulo, yo no sé cómo:
—¡Te debo la vida!
—¡No tanto!—respondió Ramón.
—¿Cómo es eso?—exclamé.
—¿Sabes tocar la corneta?
30 —No.
—Pues no me debes la vida, sino que he comprometido la
mía sin salvar la tuya.
(p24)
Quedéme frío como una piedra.