—¡Hora!... ¿de qué?—murmuraron los franceses, procurando
levantarse.

05 Pero estaban tan ebrios, que no podían moverse de sus sillas.

—¡Que entren![[40-2]] ¡Que entren!... (exclamaban, sin embargo,
con voz vinosa, sacando los sables con mucha dificultad
y sin conseguir ponerse de pie.) ¡Que entren esos canallas!
¡Nosotros los recibiremos!

10 En esto,[[40-3]] sonaba ya abajo, en la botica, el estrépito de los
botes y redomas que los vecinos[[40-4]] del Padrón hacían pedazos, y
oíase resonar en la escalera este grito unánime y terrible:

—¡Muera el afrancesado!

III

Levantóse García de Paredes, como impulsado por un resorte,
15 al oír semejante clamor dentro de su casa, y apoyóse en la mesa
para no caer de nuevo sobre la silla. Tendió en torno suyo
una mirada de inexplicable regocijo, dejó ver en sus labios la
inmortal sonrisa del triunfador, y así, transfigurado y hermoso,
con el doble temblor de la muerte y del entusiasmo, pronunció
20 las siguientes palabras, entrecortadas y solemnes como las campanadas
del toque de agonía:[[40-5]]

—¡Franceses!... Si cualquiera de vosotros, o todos juntos,
hallarais ocasión propicia de vengar la muerte de doscientos
ochenta y cinco compatriotas y de salvar la vida a otros doscientos
25 más; si sacrificando vuestra existencia pudieseis desenojar
la indignada sombra de vuestros antepasados, castigar a los
verdugos de doscientos ochenta y cinco héroes, y librar de la
muerte a doscientos compañeros, a doscientos hermanos,
aumentando así las huestes del ejército patrio con doscientos
30 campeones de la independencia nacional, ¿repararíais ni[[40-6]] un
momento en vuestra miserable vida? ¿Dudaríais ni un punto (p41)
en abrazaros, como Sansón,[[41-1]] a la columna del templo, y morir,
a precio de matar a los enemigos de Dios?

—¿Qué dice?—se preguntaron los franceses.

—Señor..., ¡los asesinos están en la antesala!—exclamó
05 Celedonio.