Al cabo de un rato de horrible silencio, exclamó, dirigiéndose
a su amo:

Deuda..., 285.—Crédito..., 200.

—Es decir ... (añadió García de Paredes), ¡doscientos
20 ochenta y cinco muertos, y doscientos sentenciados! ¡Total,
cuatrocientas ochenta y cinco víctimas!!!

Y pronunció estas palabras con voz tan honda y sepulcral,
que los franceses se miraron alarmados.

En tanto, el boticario ajustaba una nueva cuenta.

25 —¡Somos unos héroes!—exclamó al terminarla.—Nos
hemos bebido[[39-3]] setenta botellas, o sean[[39-4]]] ciento cinco libras y
media de vino, que, repartidas entre veintiuno, pues todos hemos
bebido con igual bizarría, dan cinco libras de líquido por
cabeza.—¡Repito que somos unos héroes!

30 Crujieron en esto las tablas de la puerta de la botica, y el
mancebo balbuceó tambaleándose:

—¡Ya entran!...

—¿Qué hora es?—preguntó el boticario con suma
tranquilidad.
(p40)
—Las once. Pero ¿no oye usted que entran?

—¡Déjalos! Ya es hora.[[40-1]]