Al propio tiempo álzase en la puerta y en toda la Plaza como
un huracán de gritos, y nosotros volvemos la cabeza horrorizados,
25 creyendo que los franceses amenazan al Sumo Pontífice....—¡Lo
de menos[[53-2]] era que nos amenazasen a nosotros!—¡Decididos
estábamos a morir!
Pero ¡cuál fué nuestro asombro al ver que los gendarmes,
los hombres del pueblo, las mujeres, los niños..., ¡todo
30 Montelimart! estaba arrodillado, con la frente descubierta,
con las lágrimas en los ojos, exclamando:
—Vive le Pape![[53-3]]
Entonces se rompió la consigna: el pueblo invadió el portal
y pidió su bendición al Pontífice.
(p54)
Éste cogió una hoja verde de las que cubrían el azafate de
melocotones que seguía ofreciéndole la anciana, y la llevó a sus
labios y la besó.
La multitud, por su parte, se apoderó de los frutos como de
05 reliquias; todos abrazaron a la pobre mujer del pueblo; el
Papa, trémulo de emoción, atravesó por entre la muchedumbre,
nos bendijo otra vez al paso, y penetró en la silla de
posta; y los gendarmes, avergonzados de lo que acababa de
pasar, dieron la orden[[54-1]] de partir.
10 En cuanto a nosotros, durante todo aquel día no fuimos en
Francia prisioneros de guerra, sino huéspedes de paz.
Conque ... he dicho.
V
—¡Aun queda algo que decir!...—(exclamó el mismo
que contó poco antes lo acontecido en Roma.) ¡Óiganme
15 Vds. a mí un momento!
En 1814, cinco años después de la escena referida por el
Capitán, la fuerza de la opinión de toda Francia obligó a Napoleón
Bonaparte a poner en libertad a Pío VII.