Volvió, pues, el Sumo Pontífice a recorrer el mismo camino
20 en que le habían encontrado los prisioneros españoles, y he
aquí cómo describe Chateaubriand[[54-2]] la despedida que hizo
Francia al sucesor de San Pedro:
«Pío VII caminaba en medio de los cánticos y de las lágrimas,
del repique de las campanas y de los gritos de ¡Viva el Papa!
25 ¡Viva el Jefe de la Iglesia!... En las ciudades sólo quedaban
los que no podían marchar, y los peregrinos pasaban la
noche en los campos, en espera de la llegada del anciano sacerdote.
TAL ES, SOBRE LA FUERZA DEL HACHA[[54-3]] Y DEL CETRO,
LA SUPERIORIDAD DEL PODER DEL DÉBIL SOSTENIDO POR LA
30 RELIGIÓN Y LA DESGRACIA.»
Guadix, 1857.
(p55)
EL EXTRANJERO
I
«No consiste la fuerza en echar por tierra[[55-1]] al enemigo, sino en
domar la propia cólera,»—dice una máxima oriental.
«No abuses de la victoria,»—añade un libro de nuestra
religión.
05 «Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale
hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza
nuestra; y en todo cuanto estuviere de tu parte, sin hacer
agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque,
aunque los atributos de Dios son todos iguales, más resplandece
10 y campea, a nuestro ver, el de la misericordia, que el de la justicia,»
aconsejó, en fin, D. Quijote a Sancho Panza.[[55-2]]