Pero la ingratitud de la Naturaleza está allí más que compensada
por la constante laboriosidad del hombre.—Yo no
conozco, ni creo que haya en el mundo, labrador que trabaje
10 tanto como el roteño.—Ni[[68-4]] un leve hilo de agua dulce fluye
por aquellos melancólicos campos.... ¿Qué importa? ¡El
calabacero los ha acribillado materialmente de pozos, de donde
saca, ora[[68-5]] a pulso, ora por medio de norias, el precioso humor
que sirve de sangre a los vegetales!—La arena carece de
15 fecundos principios, del asimilable humus[[68-6]].... ¿Qué importa?
¡El tomatero pasa la mitad de su vida buscando y
allegando sustancias que puedan servir de abono, y convirtiendo
en estiércol hasta las algas del mar!—Ya poseedor de
ambos preciosos elementos, el hijo de Rota va estercolando
20 pacientemente, no su heredad entera (pues le faltarla abono
para tanto), sino redondeles de terreno del vuelo de un plato
chico,[[68-7]] y en cada uno de estos redondeles estercolados siembra
un grano de simiente de tomate o una pepita de calabaza, que
riega luego a mano con un jarro muy diminuto, como quien da
25 de beber a un niño.
Desde entonces hasta la recolección cuida diariamente una por
una las plantas que nacen en aquellos redondeles, tratándolas con
un mimo y un esmero sólo comparables a la solicitud con que
las solteronas cuidan sus macetas. Un día le añade a tal mata[[68-8]]
30 un puñadillo de estiércol; otro le echa una chorreadita de
agua; ora las limpia a todas de orugas y demás insectos dañinos;
ora cura a las enfermas, entablilla a las fracturadas, y
pone parapetos de caña y hojas secas a las que no pueden
resistir los rayos del sol o están demasiado expuestas a los(p69)
vientos del mar; ora, en fin, cuenta los tallos, las hojas, las
flores o los frutos de las más adelantadas y precoces, y les
habla, las acaricia, las besa, las bendice y hasta les pone expresivos
nombres para distinguirlas e individualizarlas en su
05 imaginación.—Sin exagerar: es ya un proverbio (y yo lo he
oído repetir muchas veces en Rota) que el hortelano de aquel
país toca por lo menos cuarenta veces con su propia mano a
cada mata de tomates que nace en su huerta.—Y así se explica
que los hortelanos viejos de aquella localidad lleguen a quedarse
10 encorvados, hasta tal punto que casi se dan[[69-1]] con las
rodillas en la barba[[69-2]]....
¡Es la postura en que han pasado toda su noble y meritoria
vida!
II
Pues bien: el tío Buscabeatas pertenecía al gremio de estos
15 hortelanos.
Ya principiaba a encorvarse en la época del suceso que voy
a referir: y era que[[69-3]] ya tenía sesenta años ... y llevaba[[69-4]]
cuarenta de labrar una huerta lindante con la playa de la Costilla.
20 Aquel año había criado allí unas estupendas calabazas,
tamañas[[69-5]] como bolas decorativas de pretil de puente monumental,
y que ya principiaban a ponerse por dentro y por fuera
de color de naranja, lo cual quería decir que había mediado el
mes de Junio. Conocíalas perfectamente el tío Buscabeatas
por la forma, por su grado de madurez y hasta de nombre,
25 sobre todo a los cuarenta ejemplares más gordos y lucidos, que
ya estaban diciendo guisadme, y pasábase[[69-6]] los días mirándolos
con ternura y exclamando melancólicamente:
—¡Pronto tendremos que separarnos!
Al fin, una tarde se resolvió al sacrificio; y señalando a los
30 mejores frutos de aquellas amadísimas cucurbitáceas que tantos
afanes le habían costado, pronunció la terrible sentencia.
(p70)
—Mañana (dijo) cortaré estas cuarenta, y las llevaré al
mercado de Cádiz.—¡Feliz quien se las coma![[70-1]]
Y se marchó a su casa con paso lento, y pasó la noche con
las angustias del padre que va a casar una hija al día siguiente.