La mujer y el derecho de votar
Discurso pronunciado por el
Hon. Rafael Palma
Senador por el Cuarto Distrito
En favor del proyecto de Ley No. 23 del Senado en las sesiones celebradas por dicho cuerpo en los días 22 y 25 de noviembre de 1919
Manila
Bureau of Printing
1919
La mujer y el derecho de votar
Sr. Presidente y Caballeros del Senado:
Pocas veces me he sentido tan orgulloso de ostentar la representación popular como esta vez que me permite abogar por una causa que no puede ser representada ni defendida en este sitio por la parte a quien directa y particularmente interesa, merced a esa levadura de prejuicios que han dejado en la mente del hombre moderno las creencias e ideas del antiguo. La causa del sufragio femenino es una causa que despierta la simpatía de todo hombre desapasionado, porque representa la causa del débil que, privado del medio de defenderse por sí mismo, pone toda su razón y derecho al arbitrio del fuerte.
Pero no es solamente por esto que atrae mi simpatía y apela a mi defensa. Es además que dicha causa tiene en sí un fondo irresistible de verdad y justicia al cual no puede negarse ninguna inteligencia abierta y libre. Si nuestra conciencia como legisladores debe inspirarse en las eternas fuentes del derecho, si las leyes que aquí formulamos deben llevar el sello divino de dar a cada uno lo suyo, no podemos rehusar a la mujer el derecho del voto como no pretendamos renegar de todas las fórmulas y conquistas de la democracia y de la libertad que han hecho de este siglo el ser llamado con propiedad el siglo de las reivindicaciones.
El sufragio femenino es una reforma exigida por las condiciones sociales de nuestro tiempo, por la elevación de la cultura de la mujer y las aspiraciones de todas las clases o grupos de la sociedad a organizarse para trabajar por los intereses que tienen de común. No podemos parar el movimiento de los astros y no podemos parar igualmente ninguno de esos movimientos morales que gravitan con incontrastable fuerza hacia su centro de atracción: la Justicia. Pues el mundo moral está regido por las mismas leyes que el físico y si el poder del hombre es impotente para suprimir una molécula de los espacios necesaria a la gravitación universal, menos podrá contener la generación de las ideas elaboradas en la conciencia y ansiosas de encarnar en los fecundos senos de la vida y de la realidad.
Es interesante el fenómeno de que cada vez que se trata de realizar una reforma social en consonancia con las ideas y actividades del siglo y en contradicción con añejas creencias y preocupaciones, no faltan nunca las objeciones fundadas en el mantenimiento del statu quo que se quiere a toda costa preservar. Los eternos agoreros del desastre, los falsos profetas de la destrucción, como no puede menos de suceder, alzan sus fatídicas voces en esta ocasión protestando contra el sufragio femenino en nombre de la santidad del hogar y de la insustituibilidad de costumbres que han sido por largo tiempo admitidas.
Francamente, no tengo ninguna paciencia para escuchar semejantes objeciones. Si este país no hubiera sido precisamente uno de los pocos lugares privilegiados del planeta en donde se ha realizado con fortuna el experimento de una brusca transición de sistemas e ideales, sin producir paradas ni retrocesos, sin desarticulaciones ni roturas, yo diría que los sobresaltos y temores de aquellos que se oponen a esta innovación se hallan justificados.