Pero en menos de una generación, este país, sacudido en sus cuatro costados por esos grandes terremotos sociales que por otro nombre se llaman revoluciones, ha visto desmoronarse sus antiguas instituciones para levantarse en su lugar otras enteramente nuevas; ha visto desaparecer teorías, creencias y valores morales que se tenían por inconmovibles y eternos para ser sustituídos por diferentes principios y métodos, fundados en la democracia y libertad; y a despecho de esos cambios y trastornos que han modificado radicalmente su estructura social y política y gracias precisamente a ellos, nuestro pueblo se ha convertido en un pueblo con pensamientos e ideales modernos, con una constitución robusta y capaz de afrontar los estragos de la lucha por la existencia, en vez de aquel enfermizo y atrofiado organismo que tenía miedo a todas las novedades y repudiaba las luchas materiales por temor a las iras del cielo y por un pasivo deseo de vivir en paz y bienestar ideales.

En frente de los provechosos resultados que esas instituciones de libertad y democracia han dado a este país, a la vista de los marcados progresos alcanzados en todos los órdenes de la vida nacional merced a esas mismas instituciones, pese a algunos cuantos reaccionarios y ultraconservadores que opinan lo contrario y añoran el pasado, yo no veo, no puedo ver, como haya gente seria que seriamente sostenga que no debe concederse el sufragio femenino, una de las más vivísimas aspiraciones que agitan actualmente la conciencia del mundo moderno.

Recuerdo muy bien que en otros tiempos, y no muy lejanos, los mismos temores y sobresaltos se habían abrigado contra la instrucción superior de la mujer. ¡Que ridículo, se decía, qué ridículo que la mujer aprenda Historia, Matemáticas, Filosofía y Química que no sólo no puede digerir su escaso cerebro sino que la llenaría de presunción y soberbia convirtiéndola en una especie de criatura híbrida, sin gracia y sin fuerza, intolerable y fatua, con mollera hermosa pero vacía y corazón grande pero seco! Y, sin embargo, hemos dado entrada a la mujer en las escuelas superiores y en las universidades y, al igual que el hombre, hemos permitido que sus cabezas ostenten las borlas de bachiller en Artes, Leyes, Medicina y otras profesiones. ¿Podemos, ahora, decir que esas mujeres han pervertido el hogar de sus mayores o cuando se han casado han sido para sus maridos motivo de deshonor o escándalo? Es tiempo de observar los resultados porque si estos resultados han sido perjudiciales al cuerpo social y político del país, nuestro deber es deshacer lo hecho y desandar lo andado.

Nadie piensa afortunadamente en esto. Desde los más cultos centros de población hasta las aldeas más desconocidas se arrastra silenciosa y majestuosa una ola de opinión popular que aprueba y aplaude la educación femenina, al punto de que los más rudos sementereros envían a sus hijas a las ciudades a costa de los más imaginables sacrificios para que puedan escalar las cumbres más altas del saber, si a eso pudieran. Esos lugareños ignorantes saben confusamente que la mujer como el hombre está hecha de la misma arcilla y no se avienen a creer que por haberles cabido la suerte de tener niñas en vez de niños necesitan condenarlas a llevar las cadenas de la ignorancia incapacitándolas para ser útiles a sus familias, a su sociedad y a su patria.

La instrucción no ha atrofiado ni desmejorado ninguna de las facultades fundamentales de la mujer, sino, por el contrario, las ha elevado y enriquecido. Lejos de ser una carga constante para la familia, la mujer instruída ha sido muchas veces su sostén y apoyo en apurados trances. La mujer instruída no se ha transformado en la marisabidilla, la fatua criatura forjada por la imaginación de algunos, ni siquiera ha perdido ninguno de sus encantos femeninos porque razone y discuta con el hombre sobre toda clase de materias; antes bien, a causa de ello, parece que encontramos en ella mayor gracia y encanto, porque nos comprende mejor y sabe hacerse comprender mejor. Hoy, gracias a Dios, ha desaparecido ya aquella comezón de ridículo que acometía a muchos al observar lo que consideraban necia presunción de las mujeres de saber tanto como los hombres, y esto se debe, indudablemente, a que los desastrosos resultados que pronosticaron los agoreros de las malas nuevas, las terribles profetas de la destrucción, no se han cumplido.

Pues bien, si admitís la instrucción y educación de la mujer, en todos los terrenos de la ciencia, debéis admitir la intervención de la mujer no sólo en la vida doméstica sino también en la vida social o pública. La instrucción y la educación tienen un doble fin: el individual, que redime la inteligencia humana de los peligros de la ignorancia, y el social, que prepara al hombre y a la mujer a cumplir los deberes de una buena ciudadanía. No se educa uno exclusivamente para su propio bien sino principalmente para ser útil y servir a los demás. El mayor peligro que existe para la sociedad es el hombre instruído que sólo piensa en sí mismo, porque su instrucción misma le da mayor poder para hacer daño y sacrificar a todos a su conveniencia, o su ambición personal. El verdadero objeto de la educación es el servicio al público, el de aplicar los conocimientos que no adquiere, al bien y mejoramiento de la sociedad en que vive.

Por tanto, en las sociedades donde se admite a la mujer a todas las carreras y profesiones de la vida, donde no se escatima a la mujer ninguna fuente de conocimiento debe admitirse necesaria y lógicamente la intervención de la mujer en la vida pública. De otro modo, su educación sería incompleta o la sociedad sería injusta con ella pues después de suministrarla los medios para su educación la privaría de los poderes necesarios para emplear esa educación en pro del bien social y el progreso colectivo.

No puedo resistirme a esta conclusión. Si se ofrece a la mujer igual oportunidad de educación que al hombre, si se la estimula para aprender y estudiar los conocimientos del mundo y de la vida, deben abrírsela las puertas de la vida pública para que pueda desempeñar en ella el papel que le corresponde.

En las sociedades retrógradas se enseña a la mujer solamente aquella parte de conocimientos que necesita para la vida del hogar, preparándola así inconscientemente para sufrir aquella dulce, aquella encantadora esclavitud que tanto agrada al ser masculino. Es cuestión solamente de escoger nuestro sistema: o esclavitud e ignorancia o libertad y educación para la mujer.

El sufragio femenino es consecuencia de la educación de la mujer; es consecuencia, también, de su libertad de conciencia. Por el voto se expresa la fé política, como por el culto la fé religiosa. No hay razón para impedirle a la mujer el acceso a las urnas como no la hay para privarla de ir al templo.