No hay razón para que el sufragio sea un privilegio de sexo, puesto que los deberes de ciudadanía pesan tanto sobre el hombre como sobre la mujer. ¿Es que la mujer, por serlo, está menos obligada a velar por los intereses de la Patria, por la felicidad y el porvenir de su país? Querer restringir la actividad de la mujer para las cosas públicas es como decir que la mujer no debe amar a su país ni debe consagrar tiempo a las obligaciones que la corresponden como ciudadana, ni debe sentir el cariño y la devoción que en toda criatura bien nacida despierta la idea de la Patria y de la colectividad.

La esterilidad física es combatida y se considera como una desgracia en la mujer; pero queremos condenarla a una perpetua esterilidad política—que es lo mismo decir esterilidad patriótica—al impedirla que tome parte en el sufragio que da a los ciudadanos el medio más efectivo para influir en los destinos sociales y en el mejoramiento de los negocios públicos. ¿Cómo inculcar en los niños, esa prenda sagrada del porvenir de una nación, el culto y la fé en la Patria y en la libertad si no se les da a las madres la educación práctica que envuelve en sí el privilegio del voto, si se les enseña que el gobierno y la política son divinidades extrañas, en cuyos templos les está vedado penetrar, si sobre sí mismas sienten el estigma de inferioridad e incapacidad para hablar a sus hijos de los negocios públicos y de los intereses de la nación y del Estado?

Todas las clases o grupos sociales tienen derecho a ser representados en las legislaturas para trabajar por las leyes que afectan a sus intereses; los comerciantes pueden eligir a uno de ellos, lo mismo los agricultores, los obreros y los industriales; pero a las mujeres, que no son meramente un grupo sino un compuesto de grupos, con representar la mitad de un país, con propios intereses que sostener no sólo en relación a su sexo sino también en relación a su situación dentro de la familia, no se les permite votar y por tanto no se les permite tener una representación que sostenga aquellas leyes o medidas necesarias para su protección y mejoramiento. ¿Es esto justo? ¿Es siquiera moral? El trabajo de las mujeres puede ser explotado en fábricas y talleres, la virtud de las mujeres puede ser objeto de tráfico en el mercado, y, sin embargo, la mujer no puede defender directamente los intereses de su sexo por una de esas aberraciones del sentido moral proveniente del grosero egoísmo, de la brutal tiranía del hombre.

¡Si al menos las mujeres estuvieran exentas de cumplir las leyes! Pero la ley obliga tanto a la mujer como al hombre; el Código Penal alcanza con su espada las infracciones cometidas por uno y otro sexo, y el impuesto y la contribución gravan lo mismo la riqueza masculina que la femenina. Es decir, ante la ley, los deberes son los mismos, pero los derechos, no.

¿Qué extraño que nuestras leyes contengan tantas injusticias sociales para la mujer, tantas irritantes desigualdades, basadas todas ellas en la teoría de la dependencia servil de la mujer al hombre causada por su congénita inferioridad mental y fisiológica? Moebius está encarnado en nuestros códigos, rige nuestra política y preside todas las modalidades de nuestro vivir social y político, en forma tal que hay motivos para avergonzarse que en plena época de reivindicaciones, cuando todas las clases han obtenido sus derechos a la libertad y a la igualdad, la mujer ha permanecido indefinidamente sujeta al mismo nivel como en los siglos de sujeción y esclavitud.

Una democracia verdadera no puede existir mitad libre y mitad esclava, mitad con representación y mitad sin representación en las funciones públicas. El pueblo no es solamente hombre sino también mujer, y, en igualdad de condiciones, la mujer debe tener los mismos derechos políticos que el hombre. Pero lo menos debe tener aquéllos derechos fundamentales que, como el voto, requieren nada más que inteligencia y capacidad para ejercerlo, a fin de que pueda tener alguna voz en la decisión de sus propios destinos y librar por sí misma las batallas que exigen su honor, su libertad y otros tantos intereses que descuídan o ignoran los hombres en virtud del indisputado monopolio ejercido por ellos sobre los negocios públicos.

No desaparecerán radicalmente las injusticias, las desigualdades sociales y jurídicas contenidas en nuestros códigos ni mejorarán las condiciones de la existencia para la mujer mientras sean los hombres los únicos que legislen y dominen todas las esferas de la vida pública, mientras dicten a la mujer lo que debe hacer y lo que no debe hacer; y, a su vez, la mujer será incompetente de cuidar de sus propios intereses y de dirigir sus propios destinos mientras no mire más alto, mientras preste su asentimiento a la superioridad del hombre y crea que su destino es simplemente servir y complacer al hombre para el lecho y el hogar, en vez de ser su verdadera ayuda y compañía para el progreso y felicidad del género humano.

Todas las objeciones que se aducen o pueden aducirse en contra del sufragio femenino tienden invariablemente a estos dos objetos: a la seclusión doméstica de la mujer y a perpetuar su esclavitud civil y política.

Que la mujer no debe atender más que las ocupaciones del hogar, que no debe vivir más que para su esposo e hijos; que tiene bastante trabajo para todo el día con dirigir al cocinero, limpiar la casa y remendar los vestidos; es la fórmula que sostienen los partidarios del antiguo régimen. O si no, esta otra: que la mujer no está por naturaleza llamada a luchar con el hombre en la vida pública; que el hombre por razón de esa lucha dejará de considerarla como un ser digno de adoración, un sagrado ídolo ante cuyos pies se arrodilla, sino que verá en ella a una rival a quien hay que combatir y anular para la propia conservación, y con ello la mujer no sólo arrastraría la nítida sampaguita de su virtud en el lodo de la vida política, sino perdería, además, la estimación, el respeto y las consideraciones, de los cuales se ve rodeada en la actualidad.

No tengo sino el más profundo respeto para todos aquéllos, hombres y mujeres, que piensan honradamente así. No tienen la culpa de creer que aquello que ha existido siempre de un modo tal, no sea lo mejor. No comprenden que la vida es movimiento e insensiblemente se adhieren a las capas sociales nuevos elementos de vida y carácter que requieren necesariamente el cambio y la renovación. No es posible a la sociedad estancarse en un sitio, porque ocurrirá lo que ocurre a las aguas estancadas, que despiden pestilentes miasmas. La teoría de que la mujer sólo existe para el hogar y por el hogar ha dejado de existir hace tiempo. Ella ha tomado insensiblemente su puesto en la vida pública y ayuda y dirige al hombre aún cuando éste no se percate de ello, y aún cuando no se la reconozca derechos para ello. En las sociedades modernas, la mujer participa en la dirección de la caridad pública y en la educación de los niños; ejerce como médica, abogada, literata; forma parte de la legión de la prensa, de muchos empleos públicos y se interesa y coopera en la supresión de los vicios y miserias sociales.