¿Quién no admite que la mujer tiene deberes para su hogar, su esposo e hijos que debe cumplir ordinariamente con preferencia a cualesquiera otros deberes? Pero, ¿excluye eso, acaso, el cumplimiento de otros deberes para con Dios, para con el prójimo y para con el Estado? El hombre como la mujer está lleno de deberes: en cumplirlos ordenada y totalmente está el verdadero mérito. ¿No dedica la mujer filipina una parte a veces considerable de su tiempo a la iglesia y a otros deberes llamados de sociedad, a ir de visitas o recibirlas, a concurrir a fiestas, teatros y bailes?
¿Se ha quejado alguien de esto? ¿Se ha criticado al menos a las mujeres porque asistan asiduamente y cumplan públicamente sus deberes religiosos en los templos llenos de bote en bote; en las calles públicas, ahitas de muchedumbres tumultuosas, formando cola a lo largo de las procesiones de los santos, entre empellones y sofocones desagradables que toleran mansamente a causa de la confesión pública de su fé? Ellas no van solamente a las iglesias sino a los espéctaculos públicos, a las fiestas populares, allí donde pueden ostentar la elegancia de sus trajes o satisfacer su curiosidad femenina. Y no vemos en todo ello ninguna asechanza o peligro para su virtud, sabiendo que esas mujeres que van a esos puntos y se exhiben de esa manera son madres, esposas, o hijas que tienen deberes que atender en sus casas.
¿Cuál es la diferencia, digo ahora, de que la mujer salga también de su casa para asistir o tomar parte en un miting político donde se trata de las necesidades públicas o de la conveniencia de eligir a éste o a aquél funcionario? ¿Qué peligros puede haber para la virtud o pureza de la mujer en que ella se interese en los asuntos públicos que afectan al bienestar de las familias, puesto que la mujer en cualquier estado de su vida ocupa siempre una posición dentro de la familia? ¿Por qué ha de considerarse que la mujer dejará en las zarzas de la política la flor de sus encantos si oye a un orador político—ella que está acostumbrada a oir sermones—o, si el caso se presenta, pronuncia ella misma un discurso expresando su opinión sobre algún asunto de interés para la familia, sobre la necesidad de remediar ciertos males sociales o sobre la conveniencia de recoger a niños abandonados o desválidos?
Tomemos el caso de una de las cuestiones de más palpitante interés en este tiempo, la cuestión del incremento de los juegos. ¿Creeis que esta cuestión no es de aquéllas que tienen relación inmediata con el bienestar de las familias especialmente de las mujeres dentro de ellas? ¿Quiénes son los que más sufren de los abusos del padre o del esposo al dedicar gran parte de los ingresos de la familia a los azares e incertidumbres de su pasión? Son las mujeres y las hijas a quienes se condenan a sufrir muchas veces privaciones y sufrimientos innecesarios por causa del vicio y de la falta del hombre en la familia. Y ¿quereis negar a la mujer el derecho de inmiscuírse en la vida política para que pueda ilustrar con su opinión al cuerpo electoral sobre los resultados funestos del juego o para influir con su voto en la elección de funcionarios que se comprometan a llevar a cabo las deseables medidas? ¿Y por qué no ha de ser la opinión de la mujer en un asunto de esta naturaleza de tanto o mejor peso que la del hombre pues que a ella le alcanzan las consecuencias y resultados del mal? Como este asunto se pueden encontrar otros muchos en que el bien y la felicidad de la mujer se halla de un modo o de otro vitalmente interesados.
No veo en todo cuanto pueda hacer la mujer en política ninguna actividad perniciosa, y si me apurais más, digo que semejante actividad es altamente saludable y beneficiosa para la mujer y para la sociedad entera. En todos esos casos la mujer se instruye y obtiene mejor conocimiento del mundo y de la vida. No se considera como un ser extraño a la sociedad y al gobierno y no se mostrará por tanto ajena e indiferente a sus miserias y progresos. Nada puede hacer mayor daño a una sociedad como el encontrar en su seno cuerpos extraños, absolutamente indiferentes al bien o al mal, piezas inútiles de una maquinaria que está en función.
Nos aterrorizamos ante la idea de que los impulsos de la mujer, su fanatismo, su criterio cerrado, según unos, su debilidad o falta de carácter, según otros, su poca preparación o poca cultura, según otros más, hagan del derecho de sufragio una mera farsa o una comedia ridícula por la que han de entrar a tener predominio elementos o intereses privilegiados. Lo que yo digo es que todos esos impulsos, sentimientos, debilidades e imperfecciones de la mujer se deben precisamente a su estado de seclusión doméstica, efectos de una educación o de un sistema tocado de senil debilidad, que no permite a las facultades naturales de la mujer aquella expansión que es tan necesaria a la vida como el vapor a la electricidad y la electricidad a la luz. Y que para corregir esos defectos e imperfecciones, no es lo más cuerdo mantener el sistema bajo el cual han crecido y prosperado, sino producir un cambio violento, un vuelco regenerador para que ella pudiera, como el ave que ensaya sus alas, volar a los altos espacios, abundantes de aire y luz, libre para derramar allí la graciosa esencia de su ser y ensayar los límites de sus facultades e instintos.
Tenemos que procurar a la mujer nuevos objetivos en la vida, otras ocupaciones elevadas para que pruebe su aptitud y de esta manera todo eso que se señala como defectuoso y deforme en su carácter y educación se eliminará en un ambiente de libertad y publicidad, donde sin miedo ni piedad se puedan sacar a colación los defectos y expurgar al individuo de sus vicios. Y por esto quiero y pretendo para la mujer derechos políticos, porque entiendo que uno de sus resultados será enriquecer, mejorar y favorecer sus aptitudes y aspiraciones para servir a los altos ideales de la vida y de la sociedad. La mujer se ocupará menos de fruslerías y pequeñeces, de cortes de vestidos y modas, de chismes y otros tópicos comunes, que constituyen por lo general, el asunto de sus conversaciones y se esmerará en aprender y tratar de las cosas serias que atañen al mejoramiento y bienestar sociales.
La política no es una ocupación permanente que pueda absorber el tiempo de una persona que tiene otros negocios regulares que atender. De hecho, con excepción de los funcionarios políticos y ciertos profesionales, la mayoría de los ciudadanos no emplea en política más que el tiempo puramente preciso que le permiten sus ocupaciones ordinarias. El hombre o la mujer que haga depender su suerte o sus medios de vida de la política tiene que convencerse de que la política no dá para comer pero si para tener hambre.
Es perfectamente compatible la política con las ocupaciones y tareas domésticas de la mujer, sea ella madre esposa o hija. La mujer educada sabe sus responsabilidades y conoce la manera de dividir su tiempo y anteponer sus obligaciones domésticas a cualesquiera otras fuera del hogar. Y cuando la mujer está muy atareada en casa, no hará política; o cuando se ve atada al lecho por los dolores y cuidados de la maternidad no podrá hacer política, aunque quiera. Y, por eso, cuando se dice que la mujer va a descuidar el hogar por la política o va a desatender el cuidado del esposo y de los hijos por el mero hecho de obtener el sufragio, realmente confieso que, por mi torpeza quizá, no puedo entenderlo.
Insistís en que la mujer, según el plan divino, es para el hogar y el hombre para la sociedad y en eso consiste la verdadera división del trabajo entre las dos mitades del género humano. ¿Me quereis decir por qué, si eso fuera el plan de Dios, todas las religiones y todas las escuelas de moral coinciden en prescribir el deber al prójimo, el amor a los semejantes? ¿Se ha dirigido el Señor sólo al hombre y no a la mujer también cuando entre temblores de tierra y llamas resplandecientes entregó el mundo las tablas del Decálogo y dijo: “Ama a tu prójimo como a tí mismo”? ¿Se refiere al hombre y no a la mujer inclusive aquel precepto universal, contenido de toda moral y de toda religión, que dice: “Haz a tu prójimo lo que quieras que hagan contigo”? Estos preceptos me indican que el hombre y la mujer tienen deberes para con los demás, tienen deberes para con sus semejantes y que no deben concentrar su felicidad en el hogar sino también, fuera de él, en la sociedad. ¿Me quereis decir si el hogar puede ser feliz entretanto que la sociedad no lo sea, puesto que la sociedad es nada más que la ampliación y la suma de todos los hogares, y todas las miserias y males de la sociedad repercuten en el hogar de la misma manera que la felicidad y el bienestar del hogar influyen en el bienestar y felicidad de la sociedad?