DON GONZALO. Precisamente el enamorado galán, si es que nos referimos los dos al mismo caso…

DOÑA LAURA. ¿Al del duelo?

DON GONZALO. Justo: al del duelo. El enamorado galán era… era un pariente mío, un muchacho de toda mi predilección.

DOÑA LAURA. Ya, vamos, ya. Un pariente… A mí me contó ella en una de sus últimas cartas, la historia de aquellos amores, verdaderamente románticos.

DON GONZALO. Platónicos. No se hablaron nunca.

DOÑA LAURA. Él, su pariente de usted, pasaba todas las mañanas a caballo por la veredilla de los rosales, y arrojaba a la ventana un ramo de flores, que ella cogía.

DON GONZALO. Y luego, a la tarde, volvía a pasar el gallardo jinete, y recogía un ramo de flores que ella le echaba. ¿No es esto?

DOÑA LAURA. Eso es. A ella querían casarla con un comerciante… un cualquiera, sin más títulos que el de enamorado.

DON GONZALO. Y una noche que mi pariente rondaba la finca para oírla cantar, se presentó de improviso aquel hombre.

DOÑA LAURA. Y le provocó.