DOÑA LAURA. ¿Y fue usted, acaso, quien le aconsejó a su pariente que no volviera a pensar en Laura? (¡Anda con ésa![172])
DON GONZALO. ¿Yo? ¡Pero si mi pariente no la olvidó un segundo!
DOÑA LAURA. Pues ¿cómo se explica su conducta?
DON GONZALO. ¿Usted sabe?… Mire usted, señora: el muchacho se refugió primero en mi casa—temeroso de las consecuencias del duelo con aquel hombre, muy querido allá;—luego se trasladó a Sevilla; después vino a Madrid… Le escribió a Laura ¡qué sé yo el número de cartas!—algunas en verso, me consta…—Pero sin duda las debieron de interceptar los padres de ella, porque Laura no contestó… Gonzalo, entonces, desesperado, desengañado, se incorporó al ejército de África, y allí, en una trinchera, encontró la muerte, abrazado a la bandera española y repitiendo el nombre de su amor: Laura… Laura… Laura…
DOÑA LAURA. (¡Qué embustero!)
DON GONZALO. (No me he podido matar de un modo más gallardo.)
DOÑA LAURA. ¿Sentiría[173] usted a par del alma esa desgracia?
DON GONZALO. Igual que si se tratase de mi persona. En cambio, la ingrata, quién sabe si estaría a los dos meses cazando mariposas en su jardín, indiferente a todo…
DOÑA LAURA. Ah, no, señor; no, señor…
DON GONZALO. Pues es condición de mujeres…