DOÑA LAURA. Pues aunque sea condición de mujeres, la Niña de Plata no era así. Mi amiga esperó noticias un día, y otro, y otro… y un mes, y un año… y la carta no llegaba nunca. Una tarde, a la puesta del sol, con el primer lucero de la noche, se la vió salir resuelta camino de la playa… de aquella playa donde el predilecto de su corazón se jugó la vida. Escribió su nombre en la arena—el nombre de él,[174]—y se sentó luego en una roca, fija la mirada en el horizonte… Las olas murmuraban su monólogo eterno… e iban poco a poco cubriendo la roca en que estaba la niña… ¿Quiere usted saber más?… Acabó de subir la marea… y la arrastró consigo…

DON GONZALO. ¡Jesús!

DOÑA LAURA. Cuentan los pescadores de la playa, que en mucho tiempo no pudieron borrar las olas aquel nombre escrito en la arena. (¡A mí no me ganas tú a finales poéticos!)

DON GONZALO. (¡Miente más que yo!)

Pausa.

DOÑA LAURA. ¡Pobre Laura!

DON GONZALO. ¡Pobre Gonzalo!

DOÑA LAURA. (¡Yo no le digo que a los dos años me casé con un fabricante de cervezas!)

DON GONZALO. (¡Yo no le digo que a los tres meses me largué a París con una bailarina!)

DOÑA LAURA. Pero ¿ha visto usted cómo nos ha unido la casualidad, y cómo una aventura añeja ha hecho que hablemos lo mismo que si fuéramos amigos antiguos?