DOÑA CLARINES. Hubiera sido igual de todas maneras. Los huéspedes me enojan, y si los trae el borrachín de Basilio, mucho más. Todos salen hablando mal de mí; y no tiene gracia que yo encima les dé una cama limpia y bien de comer.

LUJÁN. Turbado. Verdaderamente… eso no tiene gracia.

DOÑA CLARINES. Lo que sí le debo advertir es que, a poco de hablar con usted, comprendí que su amistad con mi hermano era cosa de azar y no de analogía de caracteres. Lo considero a usted persona bastante más seria que Basilio.

LUJÁN. Señora…

DOÑA CLARINES. Ya sé que hay quien tiene la seriedad del burro; pero sin duda no se halla usted en ese caso.

LUJÁN. ¡A mí me parece que no!

DOÑA CLARINES. Noto, en cambio de ello, en su carácter, una cualidad que me subleva; que no la puedo resistir.

LUJÁN. ¿Sabe usted que me está usted poniendo bueno?[80]

DOÑA CLARINES. Y ya que va usted a marcharse pronto, no se me ha de quedar entre pecho y espalda.

LUJÁN. ¿Qué cualidad es ésa, señora?