DOÑA CLARINES. Y ellos conmigo,[78] naturalmente.
LUJÁN. Je…
DOÑA CLARINES. Y vamos a ver, señor Luján; ahora que estamos solos: ¿qué tal lleva usted[79] el encargo que le confió mi hermano Basilio al llegar a esta casa?
LUJÁN. ¿A mí?
DOÑA CLARINES. A usted.
LUJÁN. ¿A mí, señora?
DOÑA CLARINES. A usted, señor. Y si no hemos de reñir de buenas a primeras, no finja. Mi hermano Basilio le encargó a usted que me observara, porque cree que yo estoy para que me encierren. O dice que lo cree.
LUJÁN. Es cierto. Ya ve usted que no finjo. Pero, señora mía, conociendo a Basilio, jamás pude tomar al pie de la letra semejante disparatón.
DOÑA CLARINES. Disparatón, no. Es moneda corriente en Guadalema. Y manía muy vieja en mi hermano, que hasta me ha escrito algunos anónimos a cuenta de ello. Así es que me reí de verdad el día que me habló de hospedarlo a usted en esta casa.
LUJÁN. Ahora comprendo el recibimiento que usted me hizo.