DOÑA CLARINES. Ya sí.
LUJÁN. ¡Por eso dice entonces, con gran frescura, que le ha triplicado a usted el capital!
DOÑA CLARINES. No quería yo que fincas que fueron el recreo de mis padres cayesen en poder de gentes extrañas mientras yo estuviera de pie. Algo hubo, sin embargo, que no pude evitar, y que me costó una gran amargura. Tenía mi padre un caballejo, inútil ya por sus muchos años, pero muy querido y estimado por él, que vegetaba allá en el Molino. Pues bien: mi hermano Basilio, que tiene la maldad inconsciente de los majaderos, se lo malvendió a unos gitanos. Y el pobre animal fué a morir en la plaza de toros de Guadalema. Cuando yo me enteré de esta vergüenza y de este dolor, llamé á Basilio y le pregunté por el caballo que fué de nuestro padre. Vaciló un segundo en responderme, y le pegué una bofetada que le echó tres muelas fuera de la boca. ¿Hice bien?
LUJÁN. Sin género de duda.
DOÑA CLARINES. ¡Pues ya ve usted por dónde me da a mí la vena de loca![90]
LUJÁN. Ya; ya lo veo.
Llega TATA por la puerta del foro hecha un brazo de mar. Viene agitadísima.
DOÑA CLARINES. ¡Alabado sea Dios, mujer! ¿Vamos a los Juegos Florales?[91]
TATA. No, señora; no vamos a los Juegos Florales. Me esperaba[92] el regaño. Pero si me voy sin más ni más y no dejo arregladas las cosas, luego faltan, y se incomoda usted conmigo. Que tires para arriba que tires para abajo,[93] Tata ha de pagar siempre. ¡Más harta estoy! Mire usted, señor don Isidoro…
DOÑA CLARINES. No disertes, y vámonos a la calle.