DOÑA CLARINES. Dígame lo que sepa. Yo no tiemblo ante la verdad como la gente, porque siempre la llevo en los labios.

MIGUEL. Guadalema toda cree que usted me arrojaría sin oírme por las escaleras de su casa.

DOÑA CLARINES. ¡Gran sentido moral el de Guadalema!

MIGUEL. Guadalema entera cree que doña Clarines…

DOÑA CLARINES. Siga usted.

MIGUEL. Cree que doña Clarines…

DOÑA CLARINES. ¿Es loca, no?

MIGUEL. Justamente. Yo también digo la verdad.

DOÑA CLARINES. Dispense usted: la he dicho yo. Usted no se atrevía. Fama de loca gozo, sí, señor. Y muy bien ganada. Y la conservaré mientras viva. ¿No conoce usted cuál es mi locura? Pues llamarle al que roba, ladrón, y al que miente, embustero, y al que huye, cobarde, y al que engaña a una mujer, villano. Ésta es mi locura. Todos los locos tenemos una gran manía, y a mí me dió por aprender a conciencia el idioma. ¿Qué le parece a usted?

MIGUEL. Que yo por de pronto me felicito de esa gran manía. Tiemble ante las verdades de usted quien lleve sombras en la conciencia. Yo, siendo quien soy y como soy, la oigo a usted tranquilo. Califíqueme usted como merezca.