DOÑA CLARINES. Es claro que lo haré. No había usted de ser la excepción.

MIGUEL. Verá usted que no soy más que un hombre que estudia y trabaja, y que está enamorado de Marcela.

DOÑA CLARINES. Eso no le toca a usted decirlo, sino a mí averiguarlo.

MIGUEL. Se lo he dicho a usted para que cuando lo averigüe se convenza de que yo no miento.

DOÑA CLARINES. Y yo le pido a Dios que así sea. Si lo que quiere usted es la ventura de Marcela…

MIGUEL. Sí; eso quiero.

DOÑA CLARINES. Yo también. Y siendo así, en lo mejor del camino hemos de encontrarnos.[144]

MIGUEL. Y pronto, muy pronto.

DOÑA CLARINES. Tal vez. No le quito a usted la esperanza. Pero ni me abandono ni me confío; porque yo mejor que nadie sé que la traición se esconde bajo las palabras más bellas.

MIGUEL. Señora, dejemos de hablar de mí para hablar de usted. A despecho de algo que no puede menos de herirme, yo no convengo con todos en llamar locura a lo que, para mí al menos, es cordura y bondad. Mis ideas cambian a medida que la oigo a usted, y a cada paso hallo mayor distancia entre el falso rumor callejero y lo que escucho de su boca. No es doña Clarines la que tengo enfrente, aquella que me pintaron[145] en las casas de Guadalema. Y pienso que mientras ellos ahora mismo comentan con malsana fruición esta entrevista nuestra, suponiéndola a usted capaz de todo insulto para mi persona, usted es tan generosa que prescinde de lo que fué…[146] y me juzga con serenidad y nobleza.