La multitud aquietóse

Y la de Vargas siguió:

—Tengo un testigo á quien nunca

Faltó verdad ni razón.

—¿Quién?

—Un hombre que de lejos

Nuestras palabras oyó,

Mirándonos desde arriba.

—¿Estaba en algún balcón?

—No, que estaba en un suplicio