Cuando envuelta en pesar, mustia y llorosa,
Siguió tu muerte como helíaca estrella.
Mas si cuadra á tu suma omnipotencia
Que yo perezca cual malvado impío,
Y que los hombres mi cadáver frío
Ultrajen con maligna complacencia...
¡Suene tu voz, y acabe mi existencia!...
¡Cúmplase en mí tu voluntad, Dios mío!