Hay que notar de paso un hecho que es muy explicativo de los fenómenos sociales de los pueblos. Los accidentes de la naturaleza producen costumbres y usos peculiares a estos accidentes, haciendo que donde estos accidentes se repiten, vuelvan a encontrarse los mismos medios de parar a[58] ellos, inventados por pueblos distintos. Esto me explica por qué la flecha y el arco se encuentran en todos los pueblos salvajes, cualesquiera que sean su raza, su origen y su colocación geográfica. Cuando leía en El Último de los Mohicanos de Cooper, que Ojo de Halcón y Uncas habían perdido[59] el rastro de los Mingos en un arroyo, dije para mí:[60] “van a tapar el arroyo.”[61] Cuando en La Pradera[62] el Trampero[63] mantiene la incertidumbre y la agonía mientras el fuego los amenaza, un argentino habría aconsejado lo mismo que el Trampero[64] sugiere al fin, que es, limpiar un lugar para guarecerse, e incendiar a su vez, para poderse retirar del fuego que invade sobre las cenizas del que se ha encendido. Tal es la práctica de los que atraviesan la pampa para salvarse de los incendios[65] del pasto. Cuando los fugitivos de La Pradera encuentran un río, y Cooper describe la misteriosa[66] operación del Pawnie con el cuero de búfalo que recoge,—va a hacer la pelota, me dije a mí[67] mismo: lástima es que no haya una mujer que la conduzca, que entre nosotros son las mujeres las que cruzan los ríos con la pelota tomada con los[68] dientes por un lazo. El procedimiento para asar[69] una cabeza de búfalo en el desierto, es el mismo que nosotros usamos para batear una cabeza de vaca o un lomo de ternera. En fin, mil otros accidentes[70] que omito, prueban la verdad de que modificaciones análogas del suelo traen análogas costumbres, recursos y expedientes. No es otra la razón de hallar en Fenimore Cooper descripciones de usos y costumbres que parecen plagiadas de la pampa; así, hallamos en los hábitos pastoriles de la América, reproducidos hasta los trajes, el semblante grave y hospitalidad árabes.
Existe, pues, un fondo de poesía que nace de los accidentes naturales del país y de las costumbres excepcionales que engendra. La poesía, para despertarse, porque la poesía es, como el sentimiento religioso, una facultad del espíritu humano, necesita el espectáculo de lo bello, del poder terrible, de la inmensidad de la extensión, de lo vago, de lo incomprensible; porque sólo donde acaba lo palpable y vulgar, empiezan las mentiras[71] de la imaginación, del mundo ideal. Ahora, yo pregunto: ¿qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver... no ver nada? Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, más se aleja, más lo fascina, lo confunde y lo[72] sume en la contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte. He aquí ya la poesía. El hombre que se mueve en estas escenas, se siente asaltado de temores e incertidumbres fantásticas, de sueños que lo preocupan despierto.[73]
De aquí resulta que el pueblo argentino es poeta[74] por carácter, por naturaleza. ¿Y cómo ha de[75] dejar de serlo, cuando en medio de una tarde serena y apacible, una nube torva y negra se levanta sin saber de dónde, se extiende sobre el cielo mientras se cruzan dos palabras, y de repente[76] el estampido del trueno anuncia la tormenta que deja frío al viajero, y reteniendo el aliento por temor de atraerse un rayo de los mil que caen en[77] torno suyo? La obscuridad sucede después a la luz; la muerte está por todas partes; un poder terrible, incontrastable, le ha hecho en un momento reconcentrarse en sí mismo, y sentir su nada en medio de aquella naturaleza irritada: sentir a Dios, por decirlo de una vez, en la aterrante magnificencia de sus obras. ¿Qué más colores para la paleta de la fantasía?—Masas de tinieblas[78] que anublan el día, masas de luz lívida, temblorosa, que ilumina un instante las tinieblas y muestra la[79] pampa a distancias infinitas, cruzándolas vivamente el rayo, en fin, símbolo del poder.—Estas imágenes han sido hechas para quedarse hondamente grabadas. Así cuando la tormenta pasa, el gaucho se queda triste, pensativo, serio, y la sucesión de luz y tinieblas se continúa en su imaginación, del mismo modo que, cuando miramos fijamente el sol, nos queda por largo tiempo su disco en la retina.
Preguntadle al gaucho a quién matan con preferencia los rayos, y os introducirá en un mundo de idealizaciones morales y religiosas, mezcladas de hechos naturales, pero mal comprendidos, de tradiciones supersticiosas y groseras. Añádase que si es cierto que el flúido eléctrico entra[80] en la economía de la vida humana, y es el mismo que llaman flúido nervioso, el cual excitado subleva las pasiones y enciende el entusiasmo, muchas disposiciones debe tener para los trabajos de la imaginación el pueblo que habita bajo una atmósfera[81] cargada de electricidad hasta el punto que la ropa frotada chisporrotea come el pelo[82] contrariad del gato.
¿Cómo no ha de ser poeta el que presencia esas escenas imponentes?
—“Gira en vano, reconcentra
Su inmensidad y no encuentra
La vista en su vivo anhelo[83]
Do fijar su fugaz vuelo,
Como el pájaro en el mar.
Doquier campo y heredades
Del ave y bruto guaridas;
Doquier cielo y soledades
De Dios sólo conocidas,
Que Él sólo puede sondar.”
¿O el que tiene a la vista esta naturaleza engalanada?
—“De las entrañas de América
Dos raudales se desatan:
El Paraná, faz de perlas,[84]
Y el Uruguay, faz de nácar.
Los dos entre bosques corren
O entre floridas barrancas,
Como dos grandes espejos
Entre marcos de esmeraldas.
Salúdanlos en su paso
La melancólica pava,
El picaflor y el jilguero,
El zorzal y la torcaza.
Como ante reyes se inclinan
Ante ellos ceibos y palmas,
Y les arrojan[85] flor del aire,[86]
Aroma y flor de naranja;
Luego en el Guazú se encuentran.[87]
Y reuniendo sus aguas,
Mezclando nácar y perlas
Se derraman en el Plata.”
Pero ésta es la poesía culta, la poesía de la ciudad; hay otra que hace oír sus ecos por los campos solitarios: la poesía popular, candorosa y desaliñada del gaucho.
También nuestro pueblo es músico. Ésta es una predisposición nacional que todos los vecinos le reconocen. Cuando en Chile se anuncia por la primera vez un argentino en una casa, lo invitan al piano en el acto, o le pasan una vihuela, y si se excusa diciendo que no sabe pulsarla, lo extrañan, y no le creen, “porque siendo argentino”, dicen, “debe ser músico”. Esta es una preocupación popular que acusa nuestros hábitos nacionales. En efecto, el joven culto de las ciudades toca el piano o la flauta, el violín o la guitarra; los mestizos se dedican casi exclusivamente a la música, y son muchos los hábiles compositores e instrumentistas que salen de entre ellos. En las noches de verano se oye sin cesar la guitarra en la puerta de las tiendas, y tarde de la noche, el sueño es dulcemente interrumpido por las serenatas y los conciertos ambulantes.