En cuanto al sentimiento religioso, el gaucho estaba tan lejos del árabe, que es imposible hallar entre ellos punto alguno de contacto. En las cosas de su persona, de su casa, de sus relaciones, o de sus negocios, la religión y sus ministros no valían ni pesaban un ápice para él. El árabe es ante todo tétrico, fatalista y creyente. Vive dominado por un panteísmo religioso que dirige todas sus ideas: habla directamente con Dios, en la nube que pasa, en las estrellas que brillan en los cielos, en todos los fenómenos del desierto y en cada uno de los acontecimientos que tejen el hilo fatídico de su vida. Su ferocidad, sus crímenes y hasta sus virtudes, son hijos de su fanatismo. Al gaucho argentino no se le ocurrió jamás nada de esto. Su alma había florecido libre de todo cuerpo de doctrina y batida sólo por los intereses[45] de la vida material: era alegre de espíritu y vivía independiente en un país bellísimo, lleno de recursos, bien regado, fértil, abundante, y que no tenía ningún punto de contacto con la adusta e imponente severidad del clima abrasador del África, en donde sólo la noche y las sombras dan expansión al alma de los mortales y de las fieras. El gaucho era en el fondo un ser completamente descreído: su religión era un deísmo sui generis[46] que se reducía a figurar una cruz con los dedos, o a besar el escapulario que llevaba al pecho, en los momentos difíciles de la vida. Una vez que lo hacía, se tenía por salvado en el cielo, si moría; o por amparado del poder y del favor de Dios, si se salvaba. Después, ya no volvía a acordarse de sus deberes religiosos, sino para saludar los símbolos del catolicismo, si los encontraba a su paso: una cruz de un sepulcro, un fraile, o la puerta de una iglesia. Con esto, se tenía por católico romano y papal, sin entender palabra de la cosa, y sin procurar entenderla tampoco; porque todo lo demás era para él asunto puro de tradición, de[47] que no se daba otra cuenta sino como de un hecho superior, que le venía impuesto por el[48] asentimiento vago del pueblo, por una tradición que, aunque desprovista de doctrina, dominaba en[49] las campañas y en las chozas donde criaba a su familia.
ORIGINALIDAD Y CARACTERES ARGENTINOS
El Rastreador—El Baquiano—El Gaucho Malo—El Cantor
Domingo F. Sarmiento
Ainsi que l’océan les steppes remplissent l’esprit du sentiment de
l’infini[50]
Si de las condiciones de la vida pastoril, tal como la han constituído la colonización y la incuria, nacen graves dificultades para una organización política cualquiera, y muchas más para el triunfo de la civilización europea, de sus instituciones, y de la riqueza y de la libertad, que son sus consecuencias, no puede, por otra parte, negarse[51] que esta situación tiene su costado poético, fases dignas de la pluma del romancista. Si un destello de la literatura nacional puede brillar momentáneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultará de la descripción de las grandiosas escenas naturales, y sobre todo de la lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre la inteligencia y la materia; lucha imponente en América, y que da[52] lugar a escenas tan peculiares, tan características y tan fuera del círculo de ideas en que se ha educado el espíritu europeo....
El único romancista norteamericano que haya logrado hacerse un nombre europeo, es Fenimore Cooper, y eso, porque transportó la escena de sus descripciones fuera del círculo ocupado por los plantadores, al limite entre la vida bárbara y la civilizada, al teatro de la guerra que las razas indígenas y la raza sajona están combatiendo por[53] la posesión del terreno.
No de otro modo nuestro joven poeta Echeverría[54] ha logrado llamar la atención del mundo literario español con su poema titulado La Cautiva. Este[55] bardo argentino dejó a un lado a Dido y Argía,[56] que sus predecesores los Varelas trataron con maestría clásica y estro poético, pero sin suceso y sin consecuencia, porque nada agregaban al caudal de nociones europeas, y volvió sus miradas al desierto, y allá en la inmensidad sin límites, en las soledades en que vaga el salvaje, en la lejana zona de fuego que el viajero ve acercarse cuando los, campos se incendian, halló las inspiraciones que proporciona a la imaginación el espectáculo de una[57] naturaleza solemne, grandiosa, inconmensurable, callada; y entonces el eco de sus versos pudo hacerse oír con aprobación aun por la península, española.