Destituído de toda creencia en la fatalidad de los sucesos, ponía su personalismo sobre todos los intereses de la vida y sobre todas las influencias religiosas; así es que siempre estaba pronto para reaccionar en defensa de su persona o de su libertad, y aun reducido al último trance, marchando, por ejemplo, al suplicio entre filas de enemigos, ocultaba bajo un aire resignado la atención más vigilante al menor azar, al menor descuido de sus verdugos, para tirarse al fondo de un río, salvar un precipicio, o saltar sobre un caballo y desaparecer como una sombra entre los arcabuces y sablazos de sus perseguidores. Verdad es, que nunca le faltaba entre estos mismos un cómplice, o un aparcero que se interesase por su suerte, y que prepararse el lance dejándole los riesgos de la ejecución.
Todos estos contrastes hacían del gaucho argentino un hombre libre y civilizado en medio de la semibarbarie en que vivía, o más bien, en que vagaba. Porque aunque distante de la vida urbana de los europeos, no era ajeno, sin embargo, a la vida política; y ya sea por la raza, ya por las ideas, o por los móviles morales, estaba unido al orden fundamental de la asociación colonial; puede decirse que era un europeo que había caído en la vida errante de los desiertos americanos; y que habiendo conservado su personalismo absoluto e independiente, había venido a constituir un tipo especial, que reunía todos estos contrastes, con un sello indefinido de identidad y de originalidad a la vez; y si fuese posible dar claridad a cosas que parecerán tan contradictorias, yo diría que los gauchos de las campañas argentinas, tomados en masa, fueron el germen preparado para producir las evoluciones constitucionales de nuestro organismo, y que a pesar de que, cuando arrojaron su influencia decisiva en las vicisitudes de nuestra historia, se hallaban hundidos en un estado cercano al de la barbarie, eran, con todo, un pueblo libre, que lleno de la conciencia de sus intereses y de sus derechos políticos, introdujo una revolución[35] social en el seno de la revolución política de mayo, moviéndola en un sentido verdaderamente democrático y en busca de una civilización liberal sin las trabas del pasado.
La vida de los gauchos no tuvo jamás ninguno de los accidentes de la vida de las tribus. Ellos constituían una población homogénea, señalada con un mismo tipo, con unos mismos hábitos, con unas mismas pasiones; y que poseía todas las aptitudes y las formas de una nacionalidad política, distinta y peculiar. Aunque los gauchos nunca vivían aglomerados, estaban sin embargo espontáneamente distribuidos en pagos, de acuerdo con la configuración que el curso de los ríos, los montes y los accidentes limítrofes, le daban a cada porción de la campaña. Reconocían entre sí, por esto, una cierta cohesión geográfica análoga[36] a la que tienen los diversos vecindarios,[37] si es[38] que la idea de vecindad puede aplicarse a las partes incultas de un vasto territorio. Tenían por lo mismo una especie de patriotismo local sumamente apasionado, con entidades dominantes o caudillejos que surgían por el coraje, por el acierto, por la audacia de sus empresas y por los crímenes que cometían o por otros mil de esos accidentes, que en todas partes concurren para formar personajes populares a la altura del medio[39] social en que nacen y en que se nutren.
El gaucho argentino no reconocía por jefe, ni prestaba servicio militar, sino al caudillo que él mismo elegía por su propia inclinación; porque ante todo se tenía por hombre libre, y como tal usaba de su criterio y de su gusto individual con absoluta independencia de todo otro influjo. Eso[40] sí, cuando se había decidido por una bandera, su adhesión no tenía límites y podía contarse con ella para toda la vida; no economizaba sacrificio alguno, y su constancia, sobre todo en las luchas políticas, llegaba hasta el heroísmo. Tomaba[41] partido por sentimiento propio y por pasión, jamás por interés, ni con la mira de obtener el menor provecho directo como premio de sus esfuerzos. Lo único que le movía eran las afinidades de los hábitos y de las tendencias entre su persona y la de los jefes a quienes servía; es decir, un patriotismo a su modo, pero que en resumidas[42] cuentas era un sentimiento político y moral que tenía causas puras y libres en su misma voluntad.
Cuando el acaso terrible de la leva lo había apresado para el servicio de los ejércitos veteranos de la patria, se debatía, como un animal bravío por[43] escapar a la presión y a la esclavitud de la disciplina rigurosísima de San Martín o de Belgrano.[44] Desertaba apenas podía, y se escondía en las entrañas de la tierra. Pero si le volvían a cazar, se daba más o menos pronto según su carácter más o menos indómito; y cuando una campaña feliz, una batalla ganada o perdida, venían a darle la pasión del cuerpo en que servía, se convertía en un soldado ejemplar, como no creo que tuviese mejor ninguna otra nación civilizada. Era sobrio, sufrido, bravo y experto: ni el hambre, ni la desnudez lo indignaban o lo abatían.
Entregado siempre a la voluntad de sus jefes, con una alegría templada que jamás desmentía, servía animado del amor de la patria y con el orgullo militar del ciudadano libre que tiene fe en su causa, y que se considera con la obligación personal de vencer. Toda su filosofía se reducía a saber que servía a la patria, y que la patria esperaba ser salvada por sus soldados: la doctrina era lacónica, pero tan cierta, que apelo al testimonio de cuantos hayan conocido al gaucho argentino, convertido en granadero de a caballo, o en voltigero del ejército de los Andes, para que digan si esto era verdad.