EL GAUCHO ARGENTINO
Vicente Fidel López
A uno y otro lado del Uruguay, desde el delta del Paraná a las fronteras del Brasil, y desde el Paraguay a las riberas del Atlántico, se extendían campañas de una belleza incomparable, de una fertilidad exuberante, y de un clima que, aunque templado, no relaja el vigor de los temperamentos. Esas campañas estaban incultas en manos de la España. Arroyos innumerables y muchos ríos caudalosos, acompañados en una y otra ribera de selvas tupidísimas, distribuían por todas partes una masa enorme de aguas puras y saludables, que alimentaban pastizales inmensos, donde los ganados y el hombre crecían y se multiplicaban libres y salvajes. El hombre tenía allí la carne, el fuego y el agua, sin ningún trabajo, con un cielo espléndido de luz y de transparencia. El atraso moral de la metrópoli, la incuria de su gobierno, su absoluta falta de industria, su impotencia caduca para educar y para llevar la vida civil al seno de los desiertos americanos, habían extenuado todas las facultades de la España, rindiéndola en una indolente holgazanería a mediados del Siglo XVII. Era imposible, pues, que el aliento creador de los intereses económicos, que sólo se levantan en la vida urbana, hubiese podido penetrar en nuestros campos. Así es que la población errante que se había apoderado de ellos, había crecido desparramada, inculta y vagabunda. La extensión indefinida que ocupaba, hacía que el derecho de la propiedad raíz fuese inútil para sus habitantes, y hasta se puede decir que era desconocido. Donde cada hombre podía obtener el derecho nominal de llamarse dueño de cincuenta o más leguas de terreno, sin otro trabajo que denunciarlo, abonando veinte o cincuenta pesos a la tesorería del Rey, era imposible que la posesión fuese verdadera delante de la ley, para[25] responder al título de la propiedad. De modo que el gaucho argentino no necesitaba de semejante título para tener tierras y para satisfacer sus necesidades; y en un estado semejante, era natural que no le fuese fácil concebir que los demás hombres tuviesen razón y justicia para privarle de la facultad de ocupar el desierto, como cosa suya, y de poner su rancho donde mejor le conviniera. Sin peligro del hombre, sin miedo del aislamiento, porque la rápida carrera de su caballo lo trasportaba en un momento a las aldeas de la costa, y dueño de los ganados que pacían por los campos, era claro que no tenía necesidad ninguna de pedir a la tierra ese fruto sabroso de la agricultura, que civiliza por el trabajo y por la influencia de las leyes que rigen las producciones del suelo. El hombre civilizado de nuestros campos había retrogradado verdaderamente, a un estado semibárbaro, por causa de su aislamiento relativo. Pero estaba muy lejos de haber perdido las tradiciones de la civilización de que había tomado origen, como algunos observadores poco discretos lo han dicho; y sus condiciones no eran las de un estado pastoril, análogo al de los patriarcas del Asia. Éstos necesitaban, por lo menos, de la propiedad de los rebaños, gobernaban como patricios la tribu numerosa de sus parientes, y vagaban por las áridas sequedades del África,[26] buscando un pozo de agua y un poco de hierba para ellos y para sus bestias.
El gaucho argentino vivía absoluto e independiente,[27] con un individualismo propio y libre. Se empancipaba de sus padres apenas empezaba a sentir las primeras fuerzas de la juventud; y vivía abundantemente de las volteadas[28] de los animales que Dios creaba en el desierto. Armado del lazo, podía echar mano del primer potro que le ofrecía mejores condiciones para su servicio; escogía, por su propio derecho, la vaca más gorda para mantenerse; y si necesitaba algún dinero, para procurarse alguno de los objetos commerciales que apetecía, derribaba cuantos toros quería, les sacaba los cueros, e iba a venderlos en las aldeas de las costas, a los mercaderes que traficaban con ellos, para surtir el escasísimo comercio que teníamos con la Europa. La ley civil o política no pesaba sobre él; y aunque no había dejado de ser miembro de una sociedad civilizada, vivía sin sujeción a las leyes positivas del conjunto.[29] Tomaba a una mujer de su clase, libre como él, sumisa y buena, sin cuidarse mucho de las formas con que se unía a ella. Plantaba una choza en la rinconada de un arroyo, bien cerca del agua para evitarse el trabajo de acarrearla; y como los prebostes de la hermandad solían tener la ocurrencia de atravesar los campos, con cincuenta o sesenta blandengues, ahorcando expeditivamente bandoleros, el gaucho tenía buen cuidado de levantar esa choza cubierta por el bosque, y con sendas o vados que le eran conocidos, para[30] evitar que le encontrasen desprevenido; porque la justicia del Rey no era muy solícita en distinguir a los inocentes de los vagos; ni él mismo sabía bien entre cuáles se había de clasificar.
A todos estos rasgos, propios del género de vida[31] que hacían, los guachos agregaban las dotes de un temperamento fuerte, nervioso e inquieto. El clima en que vivían les permitía viajar a la intemperie, bajo las influencias, templadas algunas veces, rígidas otras veces, de la naturaleza y del espacio. Acostumbrados al peligro, y ariscos, por decirlo de una vez, estaban siempre prontos a pelear a la justicia del Rey, cuando los sorprendía; y como ella no usaba de procedimientos muy cuidadosos para determinar sus fallos y sus castigos, los gauchos la evitaban, siempre que podían, como se evita un peligro grave, o como se huye de un yugo incómodo.
Su cuerpo era por consiguiente muy ágil. Sus miembros mostraban, por su esbeltez y delicadeza, que, de una generación en otra, se habían críado sueltos de las tareas abrumadoras y serviles de la agricultura o de la industria. Esa constante gimnasia del caballo les daba una destreza admirable para sorprender con la velocidad de un gato las furias del potro salvaje, y sentarse gallardamente en sus lomos, con un equilibrio que la fiera nunca descomponía, aunque brincase y se revolviese con demencia para deshacerse del jinete que la domaba. Su porte era elegante y cauto; sus maneras serias; y aunque parecían mansas, lo hacían impenetrable y digno al mismo[32] tiempo. Algunas veces, fiero e impetuoso, daba rienda suelta a sus pasiones; otras, era hidalgo y generoso. Pero siempre era difícil y desigual, como los seres bravíos que se crían en las soledades de la tierra. Era bello como ellos, por el temple y por los rasgos pronunciados de su tipo.
En general, el guacho tenía a pecho ser amigable y hospitalario en su cabaña. Recto en el cumplimiento de su palabra, no se excusaba jamás de proteger con nobleza a los que reclamaban su amparo, aunque hubiesen sido sus enemigos. Hablaba tranquilo, y con una voz cubierta que[33] podría parecer dulce, si no fuese que sus palabras eran siempre escasas, ambiguas o taimadas. Cuando encontraba algo de que burlarse, su ironía era profunda, pero siempre disimulada con la doblez del sentido, con el monosílabo o con un[34] acento particular que daba a sus expresiones. El enojo no le arrancaba gritos ni gestos; y ya en las dificultades del peligro, o dominado por la ira, era siempre concentrado, guardando las apariencias de una moderación que era amenazante por su propio laconismo.