LOS 3000 PESOS DE DORREGO
C. O. Bunge
Era en el año nefasto de 1820, el año de agudísima crisis, revolucionaria más bien que política. En la provincia de Buenos Aires cambiábase cada día, puede decirse, de gobernador. Siendo gobernador el señor Ramos Mejía, partidario del directorio, el general Soler, enemigo del sistema, habíale depuesto, asumiendo el mando. Retiróse luego el nuevo gobernador al campamento de Luján, donde estableció su sede. Dejaba en Buenos[267] Aires, como su lugarteniente, en el cargo de comandante general de armas, al coronel Dorrego. Y para concluir con los unitarios, puso a precio las cabezas de los principales representantes del régimen directorial.
Entre ellos se contaba el doctor Tagle, cuya persona se tasó en 3000 pesos. Espíritu inquieto y combatiente, habíase arriesgado a venir de su voluntario ostracismo en el Uruguay a la misma ciudad de Buenos Aires. Ocultábase en la casa de un amigo, el señor Marín. Su situación era harto peligrosa, pudiendo ser reconocido y denunciado[268] en cualquier momento, hasta por la servidumbre. Además, agravábase esa situación por su personal y mortal enemistad con el coronel Dorrego, a quien había insultado con la virulencia de las pasiones políticas de aquel tiempo semibárbaro.
Temiendo una sorpresa trágica y fatal para su huésped, el señor Marín resolvió salvarle dando un paso audaz y decisivo. Conocía a Dorrego y confiaba en su caballerosidad. Sin comunicar su proyecto al doctor Tagle, fué a ver al comandante general en el piso bajo del Cabildo, donde se hallaba. Amigo también de Dorrego, díjole, medio[269] en serio y medio en broma: “Sé que estás en apurada situación financiera y vengo a ofrecerte la oportunidad de ganar 3000 pesos.” Como en efecto, por las continuas revoluciones y violencias, escaseaba el dinero, Dorrego contestó agradecido[270] por el ofrecimiento. No disponía en ese instante de un peso, ni propio ni del Estado, para pagar a las tropas. El señor Marín anuncióle entonces que tenía al doctor Tagle en su casa. Dorrego se limitó a responder: “Muy bien. Esta noche iré a buscarlo.”
Sin cambiar más razones, el señor Marín se retiró. Aunque tuviera plena confianza en la lealtad de Dorrego, una duda vaga se apoderó de su espíritu. ¿Y si el comandante general, llevado al mismo tiempo por el antagonismo político y la necesidad de dinero, entregaba al general Soler la cabeza del doctor Tagle? Los hombres más rectos tienen momentos de ofuscación; y entonces todos parecían ofuscados por la sangrienta lucha política....
De vuelta en su casa, el señor Marín se sentó[271] a conversar y tomar mate con el doctor Tagle. Estaba distraído y preocupado. Notándolo su huésped, le preguntó la causa de sus cavilaciones. No pudo callar por más tiempo el señor Marín, y le enteró de su diligencia. Pálido como un muerto, el doctor Tagle exclamó: “Estoy perdido.” Quiso huir en ese momento; pero como era su proyecto harto imprudente, el señor Marín le detuvo en su casa. Librado a la hidalguía de Dorrego, corría alguna probabilidad de salvarse; de otro modo, su pérdida era segura....
No tuvieron tiempo para deliberar largamente, porque apenas anocheciera presentóse el coronel Dorrego en la casa del señor Marín. “Aquí está el doctor Tagle”, dijo, y entró seguido de su ordenanza. Más muerto que vivo, presentóse el doctor Tagle. Dorrego tomó un capote de manos de su ordenanza, y le dijo: “Póngaselo.” El doctor se lo puso. En la puerta había dos caballos ensillados, el del coronel y el del ordenanza. Montando en el suyo, Dorrego dijo al doctor Tagle: “Monte a caballo y véngase conmigo.” Y el doctor Tagle montó en el caballo del ordenanza, convencido ya de que sólo le esperaban cuatro tiros.
A galope tendido cruzaron la ciudad de Sur a Norte. Llegaron, en la noche cerrada, al bajo de Palermo. En la orilla del río les esperaba una embarcación a vela, aparejada para partir. “Embárquese y póngase en salvo[272] en la Colonia”,[273] ordenó Dorrego a su acompañante. Conmovido por su grandeza de alma, el doctor Tagle le observó: “Yo he sido y soy su enemigo, coronel.”—“En el campo de batalla”, contestó Dorrego, “no hubiera vacilado en matarle; aquí, sólo un mal caballero podría aprovecharse de haberle hallado huído e indefenso.” El doctor Tagle insistió: “Pierde usted, coronel, 3000 pesos que necesita.” Y el coronel Dorrego, montando de nuevo a caballo y despidiéndose, repuso con sencillez: “Todo el oro del mundo no bastaría para comprar la lealtad de un militar argentino.”