Pero, cuando los fatales fusiles se inclinaron sobre él, cuando con la frente erguida y la mirada serena el noble mancebo esperaba la muerte, oyóse un grito de suprema angustia y una mujer pálida, anhelante, desmelenada, rompiendo con esfuerzo febril la línea de bayonetas que le cerraba el paso, se arrojó de repente sobre el joven y estrechándolo en un abrazo desesperado lo cubrió con todo su cuerpo. Los soldados, vivamente conmovidos, volviéronse hacia el oficial que los mandaba. Pero éste que sentía pesar sobre sí una terrible responsabilidad, ahogando su profunda emoción, mandó apartar a la madre y conducirla fuera del cuadro.
—¡Ah!—exclamó ella arrancándose de los brazos de su hijo y cayendo a los pies del oficial.—Dadme al menos por lo que más améis en este mundo, dadme un cuarto de hora que necesito para obtener la gracia de mi hijo, o morir.
El veterano sonrió tristemente:—Id, pobre madre, id—dijo siguiéndola con una mirada de compasión.
—En nombre de esta hora suprema,—gritó el niño,—yo os lo prohibo, madre mía. No pidáis gracia al asesino de vuestro esposo, o vuestro hijo os maldecirá desde la eternidad.
Mas ella sin escucharlo corrió desolada hacia el[265] palacio. Atravesó, sin que nadie pudiera detenerla, los patios, los vestíbulos, las galerías y los salones, preguntando a su paso por aquél de quien esperaba la muerte o la vida. Un edecán entreabrió un gabinete y la mostró un hombre que apoyado en[266] una mesa ocultaba su rostro entre las manos. La desventurada, precipitándose en el cuarto, fué a caer a sus pies. Pero al mirar a aquel hombre el ruego se le heló en su labio pálido que se movió sin articular sonido alguno.
En ese momento sonó una detonación. La infeliz madre cayó sin sentido gritando:—¡Manuel! ¡Manuel! ¿Qué has hecho de tu hijo?...
IX. Conclusión
Mucho tiempo hacía que el antiguo fuerte de la Pampa era ya sólo un montón de escombros ennegrecidos por el humo del incendio. Los indios en una salida lo habían quemado, asesinando al viejo comandante con toda la guarnición. Desde entonces el doble silencio de la muerte y del abandono reinó en torno de aquellos muros, y el terror supersticioso que inspiraban las ruinas apartó de allí los pasos del viajero.
Sin embargo, una noche, al alzarse la luna sobre el horizonte, los habitantes del “pago” vieron una mujer pálida, enflaquecida y arrastrando negros cendales, que atravesó gimiendo las avenidas de sauces y se perdió entre las desmoronadas murallas del fuerte.
Algunos la tuvieron por una aparición; pero otros creyeron conocer en ella a María, la hija del viejo comandante, el bello Lucero del Manantial.