VII. En la Sala de Representantes

En ese día la sala de representantes de Buenos Aires presenció una escena digna de los mejores tiempos de la Roma heroica. Rosas, armado con la clave del terror, habiendo impuesto silencio al pueblo, y hecho también callar al cuerpo legislativo, quiso dar el último golpe a la dignidad nacional, y aspiró a la dictadura. Aspirar en él era mandar; y un día oyóse la sacrílega proposición en el santuario de las leyes. Ninguna voz se alzó para combatirla. Cada representante veía en el semblante de su vecino el triunfo del miedo sobre la conciencia, y si llevaba su mirada a lo[261] alto de la sala encontraba bajo el dosel que la dominaba al amigo, al confidente de Rosas... y callaba.

El presidente invitó a sus colegas a dar sus votos, ordenando que los que estuvieran por la proposición, se pusieran en pie; y con rostro apacible dió la señal. Dos hombres únicamente votaron en contra. El uno era Escalada, el inmaculado obispo de la metrópoli. El otro era... el presidente de la sala, el amigo de Rosas.

Hubo un momento de asombro y silencio: pero cuando la barra arrebatada de entusiasmo prorrumpió en una tempestad de aplausos, cuatro hombres enmascarados precipitáronse en la sala, y mientras tres de ellos rodearon la mesa del presidente, el cuarto hundió un puñal en el corazón de Alberto y huyó dejándolo clavado en el seno de su víctima.

Entonces en medio del silencio de horror que reinó en aquel recinto, oyóse la voz del anciano obispo, que, de pie aún, dijo alzando sobre el moribundo su mano venerable:—¡Sube al cielo, mártir de la libertad argentina! Yo te absuelvo en nombre de Dios y de la patria.—Y como si la noble alma de Alberto hubiera esperado aquella sublime bendición, exhalóse dulcemente en una triste sonrisa.

En aquel momento Enrique, que entraba en el peristilo de la sala de sesiones, fué atropellado por cuatro hombres que huían desolados entre[262] las sombras. El intrépido niño, conociendo por sus máscaras que acababan de cometer un crimen, asió al que iba delante; pero éste por medio de un violento esfuerzo logró escaparse, aunque dejando en las manos de su adversario la máscara que lo cubría. Al ver el rostro de aquel hombre el joven dió un grito, y se precipitó en la sala. A la vista del cadáver de su padre, Enrique se detuvo un momento, inmóvil, mudo, con los puños cerrados y la mirada fija. Luego, cayendo de rodillas, arrancó de su pecho el puñal homicida, y besando la herida con siniestra serenidad,—¡Adiós, padre mío!—dijo estrechando la mano helada del muerto,—muy luego me reuniré contigo; pero entonces te habré vengado.

Guardó en su seno el arma ensangrentada y se alejó con firmes pasos.

VIII. El Terrible Drama

La luz del siguiente día encontró en las calles de Buenos Aires numerosas huellas de escenas semejantes a la que tuvo lugar en la noche anterior en la sala de representantes. Un puñal había amenazado la vida de Rosas; aunque se había arrestado al delincuente, no habiendo podido arrancarle confesión alguna, había sacrificado indistintamente a todas personas sospechosas de complicidad en aquel atentado.

A dos leguas de distancia, al frente del palacio dictatorial de Palermo, un destacamento de infantería[263] acababa de hacer alto. Sonó el tambor y aquella fuerza se formó en cuadro. Vióse entonces en el centro del siniestro vacío un joven como Isaac, y maniatado como él, y en frente cuatro[264] soldados que a la voz de un oficial preparaban sus armas.