Cuando la dama quedó sola alzó los ojos al cielo con dolorosa expresión.—¡Jamás!—exclamó, ¡Jamás!... ¡Nunca se borrará esa imagen que encuentro siempre en el horizonte de mis recuerdos, en el semblante de mi hijo y en mi propio corazón! ¡He ahí esa frente altiva y meditabunda! ¡He ahí esos rasgados ojos azules de tan sombría y sin embargo tan hermosa mirada!... ¡Manuel! ¡Manuel!

La puerta se abrió con estrépito, y un hermoso mancebo de dieciséis años, de porte arrogante y risueña expresión, se precipitó en la sala y corrió a arrojarse en los brazos de la dama que lo estrechó en ellos sollozando y besó mil veces sus mejillas y su frente.

—¡Qué hermosa eres, mamá!—decía el joven, contemplando extasiado el radioso semblante de su madre.—Aunque tenía muy presentes las facciones de tu rostro, no creía que fueras tan bella. ¡Bendición del cielo![255] ¡Dejar la fría[256] atmósfera del colegio para venir a contemplar los rayos de este bello sol que da vida a mi vida y calor a mi alma!

—¡Poeta! ¡Poeta!—decía ella, sonriendo tiernamente a su hijo y meciéndolo como un niño en sus rodillas.—Me está recitando un madrigal.

—A propósito,—dijo el joven dejando su actitud de abandono y sentándose al lado de su madre.—Manuela Rosas me envió su álbum pidiéndome[257] un soneto. ¡Y lo había olvidado! ¡Ya! la veo tan pocas veces. Y no porque ella no sea una criatura amabilísima; pero me aleja de su lado el extraño sentimiento que me inspira su padre. Llamaríalo odio si su amistad con la mía no hicieran[258] el odio imposible.

—Todavía no conozco a ese hombre, y sin embargo me estremezco cuando oigo pronunciar su nombre; y no comprendo como el noble y bondadoso corazón de Alberto ha podido unirse a ese corazón feroz y sanguinario.

—Esta misma adhesión, madre mía, realza más la magnanimidad de ese corazón generoso, porque está exento de debilidad. Severa con el amigo, jamás transigirá con el tirano.

—¡Ay! sí, es verdad... pero heme aquí estremecida de espanto a la idea de esa austera integridad[259] que en este momento subleva quizá contra él en la[260] cámara legislativa el bando entero del despotismo.

—¡Qué!—exclamó el joven con los ojos centelleantes de entusiasmo, es hoy el día de su triunfo, y aun no estoy en la barra para aplaudirlo con la voz y con el alma.

Y besando rápidamente a su madre, desasióse de su convulsivo brazo y partió.