—¡Oh! ¡Dios mío!—dijo ella reclinándose en el seno de su marido, y elevando al cielo una mirada de gratitud.—¡Dios mío!, bendito seas porque has enviado al mundo degenerado que te reniega, estos seres de paz, de indulgencia y de amor para redimir su iniquidad y hacernos creer que en verdad formaste al hombre a tu divina imagen. Dieciséis años han pasado, dieciséis años... y en cada uno de esos días, en cada una de esas horas ví brotar en ese corazón, elevarse y resplandecer, alguna nueva virtud. Dieciséis años hace encontréme un día abandonada, sola entre mi dolor y un secreto terrible. La muerte era mi único recurso; pero yo no podía morir. Junto a mi corazón desgarrado palpitaba otro corazón que me pedía la vida y me encadenaba a una existencia de oprobio. Tú me apareciste entonces, Alberto.—Te amo, me dijiste, y mi amor ha penetrado el secreto de tu dolor. ¿Quieres confiarte en mí? Yo seré tu esposo, tu amigo, y..., me dijiste al oído, el padre de tu hijo.

—¡Y bien! ¡Y bien!—la interrumpió Alberto, con esa brusca genialidad de las almas generosas, para velar su grandeza.—¡Vaya un gran mérito![253] ¡Cumplir con una misión que nos haga feliz! Desgraciadamente, amada mía, no siempre es tan fácil conciliar el deber con la felicidad. Hoy, por ejemplo, colocado entre el amor y la conciencia, voy a sacrificar al deber la dulce costumbre de una antigua amistad. Yo que hasta ahora he sostenido a mi amigo con todos los recursos de mi influencia, voy a enarbolar contra él el estandarte de la oposición; y el cuerpo legislativo, que actualmente presido, me verá con asombro alzarme contra el voto que pretende dar a Rosas la facultad de reunir todos los poderes del Estado.

A estas palabras de su esposo, María palideció.

—¡Oh! ¡Alberto!—dijo, estrechando su mano con terror,—en nombre del cielo no toques la garra del tigre porque te despedazará!... Te despedazará y hará de tu cadáver una grada más para escalar la cima del poder.

—Y bien, amiga mía, moriría con la muerte de los buenos en el cumplimiento del deber. Pero tranquilízate, amada María; Rosas tiene un alma capaz de comprender mi sacrificio y me conservará su estimación, aunque me haya quitado su amistad.

En ese momento un ujier anunció a Alberto que la cámara reunida esperaba a su presidente para[254] discutir la importante cuestión del día. Alberto despidió al ujier y volvió hacia su mujer una mirada de ternura.

—¿Lo veis, querida mía?—le dijo,—mi sacrificio comienza desde ahora. Apenas he tenido tiempo de posar mis ojos en tu semblante, la voz del deber me llama lejos de tí; y aunque sea por muy pocas horas, toda separación en este momento me parece eterna....

Alberto se interrumpió. Habríase dicho que sus palabras encontraron algún eco misterioso en el fondo de su alma. Pero reponiéndose luego dijo a su esposa sonriendo:—Te dejo, amiga mía; pero voy a enviarte a Enrique y él desvanecerá para siempre esos importunos recuerdos que turban todavía la paz de tu alma.

Y besando tiernamente la mano que ella le tendía, salió no sin volverse muchas veces para contemplarla.

VI. Madre e Hijo