V. Dieciséis Años Después

En las últimas horas de un día de verano, una silla de posta atravesó rápidamente las calles de Buenos Aires, y entró en el patio de una hermosa casa en la calle de la Victoria. Un hombre de porte distinguido que, asomado al balcón, parecía[248] esperar con impaciencia, bajó presuroso, y adelantándose al cochero, corrió a abrir la portezuela del carruaje, tendiendo los brazos a una bellísima mujer que se arrojó a su cuello: ¡Mi amada María!—¡Amigo mío!—exclamaron ambos a la vez estrechándose con ternura.

—¿Y mi hijo?... ¿Mi Enrique?—dijo de pronto la dama arrancándose de los brazos de su marido y tendiendo en torno una codiciosa mirada.

—Nuestro hijo, respondió él haciéndola entrar en un magnífico salón,—nuestro hijo,—amada mía, se halla en esta hora en el momento más solemne de su vida escolar: da un brillante examen. Acabo de dejarlo triplemente coronado; pero el premio más grato será el beso de su madre.

—¡Querido niño! ¿Es tan bello como a los doce años? ¡Oh!... ¡Alberto!... ¡Perdón!

—¿Perdón? ¿Y de qué?, amada María. ¿De ser una buena madre como eres una buena esposa? ¡Al contrario!, gracias por el amor que guardas para ese hijo cuya ternura ha alumbrado los tristes días de tu ausencia en los cinco años que me has dejado aquí sólo. ¡Ah! ¿Qué placer encontrabas en habitar Córdoba, lejos de tu hijo... lejos de tu esposo?

—¡Oh! ¡Alberto, noble y generoso corazón!—exclamó ella doblando una rodilla ante su marido.

Alberto la alzó en sus brazos: ¡Todavía esa injusta timidez! ¡Todavía esos importunos recuerdos! Me habéis prometido desecharlos y[249] ser feliz.

—Y soy dichosa, amigo mío. ¿Quién no lo sería cerca de ti? Pero, a medida que el tiempo pasa, la audaz confianza de la juventud desaparece, reemplazándola medrosos recelos. ¿Será falta de[250] fe? No, pues yo creo en ti como en el Dios del cielo; pero mientras más grande, mientras más[251] sublime me aparecías, menos digna me encontraba de acercarme a ti, y lo que tú llamas obstinación era un doloroso ostracismo.

—¡Pobre María! ¡Que nunca te oiga hablar así! ¡nunca! Te lo pido en nombre de tu hijo. Toca este corazón; es tu más firme apoyo. Reposa confiada sobre él, pues sólo alienta para ti.[252]