—¡Era un sueño!—exclamó palpando su pecho virginal, agitado todavía por los tumultuosos latidos de su corazón.—¡Era un sueño!

Y pasando la mano por su frente para alejar las últimas sombras del terrible sueño, María saltó del lecho, vistió sus ropas de fiesta, trenzó con flores su larga cabellera, y sentada gallardamente sobre el lustroso lomo de un brioso alazán, dióse gozosa a correr por los frescos oasis, sembrados como una vía láctea en las inmensas llanuras del Sur.

De repente el fogoso potro robado a las numerosas manadas de los salvajes, aspirando con rabioso deleite las magnéticas emanaciones que el viento traía de su agreste patria, sacudió su larga crin, mordió el freno, y burlando la débil mano que lo regía, partió veloz como una flecha, saltando zanjas y bebiendo el espacio. María, pálida de espanto, vióse arrebatar lejos del límite cristiano al través de las complicadas sendas que trillan los bárbaros con el afilado casco de sus corceles; y su terror crecía a la vista de un bosque negro que terminaba el horizonte, y entre cuyo ramaje el miedo dibujaba sombras confusas que se agitaban.

De improviso vibró en el aire un silbido extraño, semejante al chillido de un águila, y el caballo embolado por una mano invisible se abatió sobre sí mismo a tiempo que la joven se deslizaba al suelo sin sentido. Al volver en sí, se encontró reclinada en los brazos de un hombre y con la mejilla apoyada en su pecho. Ese hombre era sin duda quien la había salvado; y María, separándose de sus brazos, alzó hacia él una mirada de gratitud. El joven era bello; pero al verlo María dió un grito y volvió a caer exánime a los pies del incógnito.

Aquel hermoso joven era el fantasma de su sangriento sueño.

IV. Amor y Agravio

Ocho días más tarde María, velando inquieta, con el oído atento y la mirada fija, medio desnuda y oculta tras las vetustas ojivas, esperaba todas las noches a un hombre que, llegando cautelosamente al pie del ombú, asíase a sus ramas, escalaba la ventana y caía en sus brazos. Y la joven lo estrechaba en ellos con pasión; y apartándolo luego de sí, contemplábalo con delicia y volvía a arrojarse en sus brazos, exclamando: ¡Manuel! ¡Manuel! por qué te amo tanto, a ti que no sé quién eres, a ti el terrible fantasma de mi sueño? Y, sin embargo, quien quiera que seas, vengas del cielo o del abismo, y, aunque despedaces mi pecho y me arranques el corazón, ¡te amo! ¡te amo!

Y María deliraba de amor, hasta que la luz del alba le arrebataba a su amante que, deslizándose furtivamente entre el obscuro ramaje, se desvanecía con las sombras.

Pero una vez María lo esperó en vano. Y desde entonces, cada noche, sola y con el corazón palpitante de dolorosa ansiedad, vió pasar sobre su cabeza y perderse en el horizonte todos los astros del cielo, sin que aquél que alumbraba su alma volviera a aparecer jamás.

Por ese tiempo, la antorcha de la guerra civil abrasó aquellas comarcas, y el fragor del cañón homicida ahogó las risas y los gemidos.