EL LUCERO DEL MANANTIAL
Episodio de la Dictadura de don Juan Manuel Rosas
Manuela Gorriti
I. María
Era la hora en que calla el áspero relincho del potro salvaje; en que el “cucuyo” se adormece sobre el sinuoso tronco de los algarrobos, y en que el misterioso “pacui” comienza su lamentable[246] canto. La luna alzaba su disco brillante tras los cardos de la inmensa llanura; y su argentado rayo, deslizándose entre el frondoso ramaje de los “ombús” y las góticas ojivas de la ventana, bañaba con ardor el dulce rostro de María.
¡Viajeros del Plata! En vuestras lejanas excursiones en las campañas, ¿oísteis hablar de María?[247] Su recuerdo vive todavía en las tradiciones del Sur. María era la flor más bella que acarició la brisa tibia de la Pampa. Alta y esbelta como el junco azul de los arroyos, semejábale también en su elegante flexibilidad. Sombreaba su hermosa frente una espléndida cabellera que se extendía en negros espirales hasta la orla de su vestido. Sus ojos, en frecuente contemplación del cielo, habían robado a las estrellas su mágico fulgor; y su voz dulce y melancólica como el postrer sonido del arpa, tenía inflecciones de entrañable ternura que conmovían el corazón como una caricia. Y cuando en el silencio de la noche se elevaba cantando las alabanzas del Señor, los pastores de los vecinos campos se prosternaban creyendo escuchar la voz de algún ángel extraviado en el espacio. El viajero que la divisaba a lo lejos pasar envuelta en su blanco velo de virgen a la luz del crepúsculo, bajo la sombra de los sauces, exclamaba: “¡Es una hada!” Pero los habitantes del “pago” respondían: “Es la hija del comandante, el Lucero del Manantial.”
En los últimos confines de la frontera del Sur, cerca de la línea que separa a los salvajes de las poblaciones cristianas, en el Pago del Manantial y entre los muros de un fuerte medio arruinado, habitaba María al lado de su padre, entre los soldados de la guarnición. El adusto veterano, antiguo compañero de Artigas, sólo desarrugaba el ceño de su frente surcada de cicatrices para sonreír a su hija. Para aquellos hombres hostigados por frecuentes invasiones y cuyos rostros tostados por el sol de la Pampa expresaban las inquietudes de una perpetua alarma, era María una blanca estrella que alegraba su vida derramando sobre ellos su luz consoladora.
Pero ella, que era la alegría de los otros, ¿por qué estaba triste? ¿Qué sombra había empañado el cristal purísimo de su alma? La hora del dolor había sonado para ella, y María pensaba,... pensaba en su amor.
II. Un Sueño
Una noche vino a turbar una visión el plácido sueño de la virgen. Vió un vasto campo cubierto de tumbas medio abiertas y sembrado de cadáveres degollados. De todos aquellos cuellos divididos manaban arroyos de sangre que, uniéndose en un profundo cauce, formaban un río cuyas rojas ondas murmuraban lúgubres gemidos y se ensanchaban y subían como una inmensa marea. Entre el vapor mefítico de sus orillas y hollando con planta segura el sangriento rostro de los muertos, paseábase un hombre cuyo brazo desnudo blandía un puñal.
Aquel hombre era bello; pero con una belleza sombría como la del arcángel maldito; y en sus ojos azules como el cielo, brillaban relámpagos siniestros que helaban de miedo. Y, sin embargo, una atracción irresistible arrastró a María hacia aquel hombre y la hizo caer en sus brazos. Y él, envolviéndola en su sombría mirada, abrasó sus labios con un beso de fuego, y sonriendo diabólicamente rasgóla el pecho y la arrancó el corazón, que arrojó palpitante en tierra para partirlo con su puñal. Pero ella, presa de un dolor sin nombre, se echó a sus pies y abrazó sus rodillas con angustia. En ese momento se oyó una detonación, y María, dando un grito se despertó.