Dos años habían pasado desde la partida de Gaboto, y el fuerte del Espíritu Santo conservaba su paz inalterable. Gobernábalo un hombre de distinguido mérito, don Nuño de Lara, en quien delegó Gaboto el mando. Una severa disciplina, sostenida por el ejemplo, quitaba a los suyos toda[237] ocasión de desmandarse. Por su propia seguridad, los españoles mantenían pacífico trato con una vecina tribu de indios, los timbúes. La buena inteligencia y los oficios de la cordialidad más expresiva apretaban de día en día los nudos de esa útil alianza.

Había entre los españoles una dama, Lucía Miranda, mujer del soldado Sebastián Hurtado. El cacique de los timbúes, Mangoré, prendado de su belleza, olvidó que era casada y resolvió hacerla su esposa. Decidido a robarla, preparó una horrible traición. Aprovechando una oportunidad en que salieron del fuerte, para procurarse víveres, buena parte de sus pobladores, al mando de uno de los capitanes, presentóse como amigo, seguido de treinta indios cargados de subsistencias. Esperaba afuera sus órdenes, escondido en la maleza y bien adoctrinado, su hermano Siripo, al mando de numerosa horda.

Sin sospechar los ocultos designios del cacique, recibió el donativo muy atento y agradecido don Nuño de Lara. Con su castellana generosidad, acogió a Mangoré y a su séquito bajo su mismo techo. Obsequióles con un espléndido festín, brindando confundidos españoles e indios al dios[238] de la amistad. Cuando terminó el festín recogiéronse a dormir unos y otros. El sueño rindió a los españoles. Y, entrada ya la noche, en el silencio[239] y las sombras, Mangoré cambió sigilosamente sus señas y contraseñas con su hermano Siripo; hizo prender fuego a la sala de armas y abrió las puertas del fuerte. De común acuerdo, los indios de Mangoré y de Siripo cayeron sobre los españoles dormidos. Algunos de éstos lograron sus armas, trabándose en combate siniestro. Con increíble valor, Lara repartía en cada golpe muchas muertes. En medio de la refriega buscó y encontró al fin a Mangoré. Aunque con una flecha en el costado, abrióse paso entre la confusa multitud hasta que pudo herir al traidor. La flecha, entretanto, con el movimiento y la lucha, habíale penetrado hondamente. Ambos, el cacique indio y el denodado capitán castellano, cayeron muertos. Sólo escaparon con vida del desastre algunos niños y mujeres, entre ellas Lucía Miranda, su inocente causa. Todos fueron llevados a presencia de Siripo, sucesor del detestable Mangoré, quien los guardó cautivos.

Al siguiente día volvió al fuerte Sebastián Hurtado. Su dolor fué igual a su sorpresa, cuando, después de encontrarse con ruinas en vez del baluarte, buscaba a su consorte y sólo hallaba despojos de la muerte. Luego que supo su cautividad, no[240] dudó un punto entre los extremos de morir o rescatarla. Precipitadamente se escapó de los suyos y llegó hasta la presencia de Siripo. Pero este bárbaro, habiendo muerto Mangoré, cacique él ahora de los timbúes, olvidóse como su finado hermano que Lucía era casada, y aspiraba a su vez a tomarla por esposa. Ya que se le presentaba tan inopinadamente el legítimo marido, ardiendo en celos infernales, decidió matarlo. Comprendió la heroica mujer la suerte que esperaba a Hurtado, y, estimando más la vida de su marido que la propia, renunció al tono altivo con que antes contestaba los avances de Siripo, y tomó a sus pies el tono de la súplica y el llanto. De tal modo consiguió que el cacique revocara su sentencia de muerte y salvó la vida a Hurtado; mas con la dura condición de que el soldado castellano se divorciase para siempre de Lucía y eligiera otra esposa entre las doncellas timbúes. Acaso por ganar partido en el corazón de la bella mujer blanca, que se mantenía firme en su resistencia a aceptarlo por esposo, el cacique llegó a permitirles[241] que se vieran de vez en cuando. No por eso consiguió el consentimiento de Lucía, que, como española y como cristiana, estaba resuelta a perder antes la existencia que la honra. Al contrario, en algunas de las breves entrevistas de los esposos, pudo notar que ambos renovaban sus juramentos de conyugal fidelidad. Entonces su furia no tuvo límites. Hizo atar a Sebastián Hurtado a un árbol, donde se le mató a saetazos, y mandó arrojar[242] a Lucía Miranda a una hoguera. Así, después de largo martirio y cautiverio, murieron ambos esposos, para eterno ejemplo de amor y de virtud.

Verdadera o fantástica, esta tradición ha perdurado en la mente de los habitantes del río de la Plata. Dos siglos y medio después de que ocurrió o pudo ocurrir el épico y luctuoso suceso, servía[243] él de argumento a una hermosa tragedia de corte clásico, en verso y tres actos, titulada Siripo. Su autor, el doctor Manuel José de Labardén, que nació en Buenos Aires en 1754 y murió probablemente poco antes de la gloriosa revolución de 1810, puede considerarse el más antiguo de los poetas cultos de la literatura argentina. Su obra, en sonoros hendecasílabos castellanos, representóse en el llamado Corral. Componíase este sitio, que[244] hacía las veces de teatro, de un terreno rodeado de un cerco o muralla baja y algún rancho en el fondo, para guardar sus vituallas o adminículos. Una chispa de un cohete disparado en la iglesia[245] de San Juan con motivo de celebrarse una fiesta religiosa, ocasionó un incendio que redujo a cenizas el rancho. En el incendio se quemó el precioso manuscrito de la tragedia, conservándose sólo algunos largos fragmentos. Perdida la obra de Labardén, las sombras familiares y heroicas de Lucía Miranda, Sebastián Hurtado, Mangoré y Siripo esperan, pues, el poeta que las cante en las nuevas generaciones de argentinos.