Entre las leyendas pampeanas, y puede decirse que entre todas las leyendas argentinas, ninguna[227] tan expresiva y popular como la de Santos Vega. Santos Vega es la más pura y elevada personificación del gaucho. Es el hijo, es el señor, es el dios de la Pampa. Su historia, que puede reducirse al episodio de su justa poética con el diablo, representa el destino de una raza y es la síntesis de su epopeya. Aunque fuera acaso alguna vez persona de carne y hueso, transformóse Santos Vega en verdadero mito, hasta constituir un símbolo nacional.



En tiempos distantes y nebulosos, allí donde se pierde el recuerdo de los orígenes de la nacionalidad argentina, Santos Vega fué el más potente payador. Su numen era inagotable en la improvisación[228] de endechas, ya tiernas, ya humorísticas; su voz de timbre cristalino y trágico inundaba el alma de sorpresa y arrobamiento; sus manos arrancaban a la guitarra acordes que eran sollozos, burlas, imprecaciones. Su fama llenaba el desierto. Ávida de escucharlo acudía la muchedumbre de los cuatro rumbos del horizonte. En las “payadas[229] de contrapunto”, esto es, en las justas o torneos de canto y verso, salía siempre triunfante. No había en las pampas trovador que lo igualara, ni recuerdo de que alguna vez lo hubiese habido. Dondequiera que se presentase rendíale el homenaje de su poética soberanía aquella turba gauchesca tan amante de la libertad y rebelde a la imposición. Para el alma sencilla del paisano, dominada por el canto exquisito, Santos Vega era el rey de la Pampa.

A la sombra de un ombú, ante el entusiasta auditorio que atraía siempre su arte, inspirado por el amor de su “prenda”, una morocha de ojos negros y labios rojos, cantaba una tarde Santos Vega, el payador, sus mejores canciones. En religioso silencio escuchábanle hombres y mujeres, conmovidos hasta dejar correr ingenuamente las lágrimas.... En esto se presenta a galope tendido un forastero, tírase del caballo, interrumpe el canto y desafía al cantor. Es tan extraño su aspecto, que todos temen vaga y punzantemente una desgracia. Pálido de coraje, Santos Vega acepta el desafío, templa la guitarra y canta sus cielos y vidalitas. Y cuando termina, creyendo imposible que un ser humano le pueda vencer, los circunstantes lo aplauden en ruidosa ovación. Hácese otra vez silencio. Tócale su turno al forastero....[230] Su canto divino es una música nunca oída, caliente de pasiones infernales, rebosante de ritmos y armonías enloquecedoras.... ¡Ha vencido a Santos Vega! Nadie puede negarlo, todos lo reconocen condolidos y espantados, y el mismo payador antes que todos.... ¡Adiós fama, adiós gloria, adiós vida! Santos Vega no puede sobrevivir a su derrota.... Acaso el vencedor, en quien se reconoce ahora al propio diablo, al temido Juan sin Ropa, habiendo ganado, y como trofeo[231] de su victoria, pretenda el alma del vencido.... Desde entonces, en efecto, desapareciendo del mundo de los mortales, Santos Vega es una sombra doliente, que, al atardecer y en las noches de luna, cruza a lo lejos las pampas, la guitarra terciada en la espalda, en su caballo veloz como el viento.

Poetas populares y poetas cultos han cantado hermosamente la leyenda de Santos Vega. La crítica le ha encontrado hoy un sentido épico. El[232] diablo es la moderna civilización, que, con las máquinas y fábricas de su portentosa técnica, vence al gaucho y lo desaloja de sus vastos dominios. Como los primitivos cantores no podían prever este destino del gaucho, el símbolo viene a ser posterior, y, en realidad, no encuadra sino vagamente y por coincidencia en los verdaderos términos de la leyenda. Su origen está más bien, a mi juicio, en la doctrina bíblica del Génesis. Como los metafísicos[233] la adaptaron a la filosofía con su concepto de la “edad de oro”, los gauchos la traducen en su leyenda de Santos Vega. Santos Vega en la Pampa fue Adán en el Paraíso Terrestre, antes de incurrir en el pecado original. Su “prenda” ocupa el mismo lugar secundario de Eva. El demonio tienta su orgullo de dueño y señor de la[234] llanura. Él, estimulado por la presencia de la morocha, acepta el reto, y es vencido. El demonio lo desaloja de sus dominios. El ombú hace, aunque imperfectamente, el papel del árbol de la ciencia y del bien y del mal. Lo cierto es que la ciencia vencedora, el arte del demonio, se identifica al mal, contraponiéndola al bien, al arte espontáneo, a la inspiración del payador que viene de Dios. Así, aunque traidoramente vencido por sobrehumanas fuerzas, y quizá por su misma derrota tan trágicamente humana, Santos Vega queda triunfante en el alma del pueblo, y su sombra ha de verse pasar a la distancia mientras exista un palmo de tierra argentina.

LA TRADICIÓN DE LUCÍA MIRANDA
C. O. Bunge

Apenas descubierto el estuario que se llamaría más tarde río de La Plata, sin dejarse intimidar por la trágica muerte de su glorioso descubridor, don Juan Díaz de Solís, remontó en 1526 sus majestuosas[235] aguas don Sebastián Gaboto, marino veneciano[236] al servicio de España. Penetrando por primera vez en el río Paraná, fundó, en la desembocadura del río Carcarañá, sobre su margen izquierda, el fuerte del Espíritu Santo. Clavada allí la bandera de Castilla, dejó el fuerte a cargo de su guarnición, subió hasta las cataratas del Iguazú, y luego, por diversas circunstancias regresó a España.