He ahí cómo este dios o demonio numeroso parece mezclarse a la diaria existencia de esas campañas. Sus dominios se extienden a la espesura toda; y hasta un árbol de la flora local señala con nombre equívoco la presencia del mito. En la descriptiva nomenclatura de las plantas silvestres figura la malop’taco, “algarroba del diablo”....
III. El Kacuy
Vive en la Selva un pájaro nocturno que, al romper el silencio de las sombras, estremece el alma con su lúgubre canto. Esa ave tiene su historia. Y es la tragedia de su origen lo que evoca con su grito lastimero, ayeando entre las[215] arboledas tenebrosas: ¡Turay!... ¡Turay!...[216] ¡Turay!...
En la época muy remota, dicen las tradiciones indígenas, una pareja de hermanos (un hermano y una niña) habitaba un rancho en las selvas. Él era bueno; ella era cruel. Amábala él como pidiéndole ventura para sus horas huérfanas; pero ella acibaraba sus días con recalcitrante perversidad. Desesperado, abandonaba él en ocasiones la choza, internándose en las marañas; y ella amainaba en el aislamiento sus iras, hilando alguna vedija en la rueca o tramando una colcha en sus telares. Mientras vagaba por la Selva el buen hermano pensaba en la hermana, y, perdonándola siempre, llevábale al rancho las algarrobas más gordas, los místoles más dulces, las más sazonadas tunas. Vivían ambos de los frutos naturales en aquel siglo de Dios. Proveyendo a su subsistencia, él traía hoy para la casa un mikilo atrapado a garrote[217] por el estero cercano; o bien un sábalo pescado[218] en fisga en el remanso del río; si no un quirquincho[219] de la barranca próxima, o algún panal de lachiguana, manando rubio néctar por los simétricos alvéolos. Palmo a palmo conocía su monte, y, siendo cazador de tigres además, protegía la morada. Insigne buscador de mieles, nadie tenía más despiertos ojos para seguir a la abeja voladora que lo llevaba a su colmena: la de la ashpa-mishqui[220] escondida en el suelo, en un cardón enjambrada; la del tiu-simi y la de cayanes o de queyas fabricada en el tronco de los más duros árboles.... Todo esto le costaba trabajo y pequeños dolores; pero ella en cambio mostrábase indiferente, como gozándose en sus penas.
Volvió él una tarde sediento, fatigado, tras un día de infructuosa pesquisa; pues, como reinaba la sequía, estaban yermos y en escasez[221] los campos. Sangrábale la mano, porque al pretender agarrar una perdiz boleada a lives y caída[222] entre unas matas, pinchóle el uturuncu-huakachina, el cactus espinoso “que hace llorar al tigre”. Pidió entonces a su hermana un poco de hidromiel para beberla y otro de agua para restañarse los arañazos. Trajo ella ambas cosas; mas, en lugar de servírselas, derramó en su presencia en el suelo la botijilla de agua y el tupo de miel. El hombre,[223] una vez más, ahogó su desventura. Pero, como al día siguiente le volcara también la ollita donde se cocinaba el locro de su refrigerio habitual, desesperado,[224] resolvió vengarse. Encubriendo en su invitación sus deseos de venganza, invitóla para que le acompañase a un sitio no lejano, donde había descubierto miel abundante de moro-moros. No vistió su zamarra profesional, ni sus guanteletes, ni el sachasombrero, ni llevó la bocina de las meleadas porque juzgaba fácil la ventura. El árbol, un abuelo del bosque, era sin embargo de gigantesca talla. Cuando llegaron allí, el muchacho persuadió a su perversa hermana a que debían operar con cuidado, buscando beneficiarse del néctar sin destruir las abejas pequeñitas, pues se referían historias de cazadores meleros desaparecidos bruscamente a manos de un dios invisible que protege las colmenas.... Sobre la horqueta más alta[225] hizo pasar un lazo; y lo preparó en un extremo, a guisa de columpio, para que subiese su hermana, bien cubierta por el poncho, en defensa del enjambre, ya alborotado por la maniobra. Tirando al otro extremo, a manera de corrediza palanca, la solivió en el aire, hasta llegar a la copa; y, cuando ella se hubo instalado allí, sin descubrirse, él empezó a simular que ascendía por el tronco, desgajándolo a hachazos, mientras bajaba en realidad. Zafó después el lazo, y huyó sigilosamente.... Presa quedaba en lo alto la infeliz.
Transcurrieron instantes de silencio. Ella habló.... Nadie respondía.... Como empezaba a temer, soliviantó la manta que la tapaba, dejando apenas una rendija para espiar. El zumbido de los insectos la aturdió, pues el armado enjambre revolaba furioso en derredor, vibrante de alas y trompas. Ese rumor confuso revelaba la profundidad del silencio. ¿Qué podría ser? No sospechaba la hora ni el lugar. Ciega de horror y de coraje se desembozó de súbito; al descubrir el espacio, el vacío del vértigo la dominó.... ¡Sola, sola para siempre!
Abandonada a semejante altura, sobre un tronco liso y largo, sin otras ramas que ésas a las cuales se aferraban sus prietas manos, espiaba para ver si el hermano reaparecía por ahí. La acometían deseos de arrojarse, pero la brusquedad del golpe amilanábala. No obstante, si perecía allá, quien sabe si los caranchos no vendrían a saciarse en ella, como en las osamentas de los animales que morían ignorados en el monte.
Mientras tanto la noche iba descendiendo en[226] progresiva nitidez de sombra. Desde su atalaya, la pobre huérfana había podido, por primera vez, contemplar sobre el panorama de la Selva la inmensidad de los horizontes, y la sucesión de las copas verdes que se unían formando obscuro océano encrespado de gigantescas olas. El sol hundiéndose tras los árboles, la impresionó más soberbio qué nunca, iluminado el enorme lomo del bosque con su claridad apacible y decorado el cielo de Occidente por cosmogónicos resplandores. Luego vió aquella gran luz aguarse hasta disolverse toda en la noche,—noche sin astros para mayor desventura.... Nunca se le mostró más pavoroso el cielo, ni más callada la breña. Viniéronle ansias locas de perderse en lo ignoto, de hender esa inmensidad de árboles y tinieblas, o llenar el silencio de un solo grito. Mas, ahora, se le añusgaba la garganta muda y la lengua se le pegaba en la boca con sequedad de arcilla. Tiritaba como si el ábrego la azotase con su punzante frío y sentía el alma toda mordida por implacables remordimientos. Los pies, en esfuerzo anómalo con que ceñían su rama de apoyo, fueron desfigurándose en garras de buho; la nariz y las uñas se encorvaban; y los dos brazos, abiertos en agónica distensión, emplumecían desde los hombros a las manos. Disnea asfixiante la estranguló, y, al verse de pronto convertida en ave nocturna, un ímpetu de volar arrancóla del árbol y la empujó a las sombras....
Así nació el kacuy. La pena rompió en su garganta llamando a aquel hermano justiciero. Y el grito de contrición de esa mujer convertida en ave, resuena aún y resonará siempre sobre la noche de los bosques natales: ¡Turay!... ¡Turay!... ¡Turay!...