Un día 6 de mayo, de un año que no quiero[301] acordarme, esos Andes tan deseados se presentaron a mi vista. Sus cumbres, celestes como nuestra[302] bandera, en la mañana, y rosadas como la inocencia y la juventud al ponerse el sol, fueron para mí verdaderos iris de bonanza después de cuarenta días de capa[303] y tempestades en ese cabo,[304] acabador de toda paciencia, que se llama de Hornos...

En todo esto cavilaba, mi querido amigo, en tanto que la luna del 31 de marzo brillaba sobre mi cabeza peregrinando por el cielo transparente de la provincia de Aconcagua.[305]

Una mula con el equipaje y provisiones, dos de remuda, el guía tras de ellas, y yo cabalgando en silla inglesa a retaguardia, íbamos en procesión por una senda angosta a las cuatro de la mañana siguiente. La luna no alumbraba; las estrellas, tímidas todavía ante la reina eclipsada, no alumbraban tampoco; y yo sólo contaba para mi salvación con el instinto de mi cuadrúpedo y del bípedo delantero. No sabía si caminaba[306] para adelante o para atrás; y por salir de una ofuscación[307] muy frecuente en semejantes situaciones, llevaba la mano a la cabeza del caballo porque me[308] parecía que el animal estaba al revés. “Las tinieblas estaban sobre la haz del abismo”, como en el primer capítulo del Génesis. Poco a poco comenzó a fosforescer la columna del vapor tibio de la respiración de las bestias; el aire tomó el oriente de las perlas; la inevitable compañera de todo cuerpo comenzó a marcarse en el suelo; hasta que al fin, el dedo de Dios “separó la luz de las tinieblas” que huyeron. ¡Qué sitios tan bellos había robado la noche a mi contemplación! La montaña estaba a mi derecha; el torrente a mi izquierda. Unas tunas del género cirio, más corpulentas y cilíndricas que las que conocemos aquí, reunidas en familia de cinco y seis individuos de todas edades y estaturas, se levantaban verdes y airosas, con envidia del aficionado a jardines.[309] Con este instinto del mal que distingue al hombre, las hacía emigrar con la imaginación, y las colocaba dentro del círculo artificial de un parque a la inglesa. No sólo por sus formas y color que eran bellos, la naturaleza les había dado aduladores para realzar sus méritos: una planta parásita llamada quiltre, que a merced de sus tenaces púas se injerta en los árboles hasta connaturalizarse con ellos, formaba de rojo y amarillo guirnaldas[310] preciosas sobre la cabeza de los cactus; en otros, ceñidos más abajo por las mismas flores,[311] remedaban sartas de corales en la garganta de una[312] mujer de Arauco. Piedras enormes, árboles pequeños,[313] obligaban al sendero a arrastrarse por aquellas faldas como una serpiente; que tal[314] parece en realidad, cuando la vista puede descubrir la serie sin interrupción de sus anillos blanquizcos.

Voy a hacer una advertencia. Cuando le diga a Vd.: “Me paré, almorcé aquí, comí allá, dormí en tal parte”, no era yo el que tenía cansancio, hambre ni sueño, sino las mulas o el conductor, porque mi voluntad no entraba para nada en la formación de las leyes de aquella república ambulante. Por otra parte, las jornadas están señaladas por la naturaleza, por decirlo así, combinada por la necesidad del transeunte en las Cordilleras. Es preciso parar a comer donde haya agua y sombra: dormir en paraje abrigado y en la cercanía de algunas hierbas para que pasten las bestias.

A las once y media de la mañana mi caballo no quiso obedecer a las espuelas; lo atribuí a la mala calidad del pingüelo o a la peor colocación de estos instrumentos pedestres que se me habían[315] subido a las pantorrillas. Pero esto era un mal juicio en toda la extensión de la palabra. El[316] pobre cedía a una costumbre inveterada: habíamos llegado al lugar de almorzar, y a fe que el sitio era a propósito para el efecto. Un hilo de nieve derretida caía transparente de la montaña por entre sombra de árboles, y un peñón plano y extenso prestaba mesa para una orgía de 25 cubiertos. Esta piedra rodeada en círculo de otras en forma de pirámides, altas y truncadas, realizaba con perfección la idea que tengo de las aras druídicas de los antiguos galos; y por un rapto vagabundo de la imaginación, me transporté al teatro de Carlos Alberto, en donde había[317] oído por primera vez aquella sublime elegía que inspiró a Bellini el presentimiento de una muerte[318] prematura. El poco respeto que me infundía el criterio músico del muletero, me dió ánimo para echar al aire algunas notas, y entoné la famosa cavatina de la sacerdotisa sacrílega: ¡Casta Diva![319]

Un pollo fiambre y un trago de jerez bien rubio me habían infundido tan buen humor, que me puse a reír a vista de un espectáculo artísticamente interesante y patético también, que aquel momento se ofreció a los ojos de Norma.—Un anciano,[320] vestido pobremente, descendía, en sentido opuesto al nuestro, la ladera del camino, colgadas dos arganitas de cuero a los ijares de su mula cuyana, ética y tropezadora. La fruta que traía en ellas no la producen ni los árboles ni las plantas. Eran dos chiquillos de 5 a 6 años que, hincaditos, parecían esas ánimas de bulto que con las manos juntas al pecho, coloca la piedad pedigüeña sobre las alcancías de las iglesias católicas.—Murillo, que[321] ha llenado los conventos de España con esos lienzos inmortales que representan la huída a Egipto de la Santa Familia, habría tomado de aquí asunto para un cuadro original como[322] pocos.

Siguiendo nuestro camino, nos encontramos[323] hasta tener literalmente a nuestros pies el torrente, compañero fiel del sendero.—El Salto se[324] presentaba en el fondo de la cima dando salida por un corte gigantesco de la montaña al agua anhelante por esparcirse en un lecho menos limitado que el que la trae emparedada por un trecho considerable. El cauce por donde corre allí, está sembrado de piedras de colores variados y de formas redondas dadas contra la voluntad del[325] granito por esa pertinacia del agua, que eternamente se desliza y que se ha presentado como imagen del triunfo de la constancia: “la gota[326] horada la piedra, non vi sed saepe cadendo.” Fuera imposible contemplar aquel espectáculo sin atribuir inteligencia a la lucha que levantaba espumas de plata y de jazmines en torno de los guijarros desnudos. Allí había sin duda Náyades que lavaban sus encajes y sus túnicas de Cambray[327] con pasta perfumada de almendras de la fábrica[328] de Monpelas; Ninfas de la fuente que contaban sus amores desconocidos y desgraciados a los escasos viajeros; y de ella[329] (no puede por menos) es[330] esa cadencia monótona que llena el oído y convida a “soñar e imaginar con desaliño”, frases castizas[331] que guardo en la memoria porque me parece la traducción más genuina del verbo francés rêver, que tanto da qué hacer a los traductores noveles.