LA NATURALEZA SUDAMERICANA
De Valparaíso a Buenos Aires
Juan María Gutiérrez
El camino a vapor[332] es el Valdivia,[333] el Hernán Cortés, el Pizarro, de nuestros días, para completar la conquista de América en servicio de la civilización y la paz. La espada comenzó esa conquista: la ayudó y continuó la cruz, en manos de los misioneros;[334] la ciencia de la mecánica que da la dirección asombrosa a la fuerza expansiva de uno de los elementos antiguos[335] encerrado en una caldera de hierro, acortando en tiempo las distancias, dando al andar del hombre la rapidez del vuelo de las aves, satisfaciendo una necesidad apenas sentida, acercando los pueblos apartados para que conversen, por decirlo así, mano a mano, está[336] llamada en este siglo a completar la obra comenzada en América por el guerrero y el sacerdote. El silbo de la locomotiva es hoy la voz del verdadero apóstol, el sonido de la lira de los Anfiones[337] modernos, eco de los taumaturgos del siglo, que predica la unión y la paz entre los hombres, hablándoles de sus intereses, que levanta centros sociales por encanto y aconseja el amor al prójimo y el respeto a Dios, tiñendo con dulces colores de rosa los horizontes de esta existencia de un día para las criaturas y eterna para las sociedades.
¿No piensa Vd., mi amigo, como yo? ¿Cree Vd. que una ley escrita y nada más sea tan poderosa como el fiat de Dios para dar condiciones de nación[338] y formas regulares de cuerpo social a una familia de desiertos como son los miembros de todas las repúblicas sudamericanas? El aislamiento natural ahoga la eficacia del pacto, como agosta la maleza robusta e indómita a la planta delicada acostumbrada a sentir cerca de sí la mano inteligente del hombre. La América es el campo de[339] aplicación de todos los descubrimientos de la ciencia europea, no porque yo lo digo, sino porque así lo dispuso el Artífice que fraguó una vez para siempre los destinos de la cadena del mundo. El poder de la dilatación de esa ciencia es como el de la mente de Colón—no puede reconocer por meta las columnas de ningún Hércules. La América es[340] el jardín del mundo para la aclimatación de todo lo grande y de todo lo bueno. Si alguien lo duda, que ponga la vista en el mapa de su geografía, y diga después si el hombre podrá encontrar en ninguna otra parte del mundo mejor cielo que admirar, mejores sombras a que asilarse, mejores frutas para su paladar, aguas más frescas y salubres para su sed, ríos más capaces de ser surcados, montañas más preñadas de plata y de oro, tierras más fértiles que en América. En poco tiempo el habla y la religión cristiana se aclimataron en nuestro continente desde la tierra magallánica hasta la alta[341] California; el hijo del conquistador y de las Indias cautivas fué superior en fuerza muscular y en inteligencia a sus padres. El inca Garcilaso,[342] criado al seno de una Palla cuzqueña, escribió con veracidad y talento las proezas de Pizarro, que no sabía escribir su nombre. Esta facultad absortiva de asimilación y de mejora que distingue al nuevo mundo, se manifiesta desde luego en el hombre americano por su facilidad para imitar, por su notable aptitud para las artes y los idiomas; en segundo lugar, se manifiesta en las condiciones del suelo, algunas de las cuales podemos señalar sin salir de casa. Los españoles, por ejemplo,[343] traen al Río de la Plata unos cuantos potros andaluces, y esos céfiros del Betis, como los llama[344] Góngora, encuentran su verdadera patria en las[345] llanuras argentinas: se reproducen al infinito; la libertad los mejora, y aquí en su centro, es donde aconseja Bufón que se contemple y se[346] estudie ese bruto generoso, “la mejor conquista entre cuantas hizo el hombre”. El pico de un ave[347] o el movimiento de una ola depone a las orillas del Paraná la simiente de un durazno, y de ahí el origen de esa abundancia de “fruta del[348] monte”, que nos deleita entre los meses de febrero y marzo. Dos carozos de damasco traídos por casualidad de Italia, poco más ha de medio siglo, bastaron para reproducirse en Buenos Aires en los términos que conocemos. El morueco de las colonias españolas tan mimado en Sajonia, crece y se reproduce sin desmejorar en nuestros campos, sin más techo ni cobertizo que la benignidad del temperamento. Para estos animales, pues, y para aquellas semillas, estaba preparada ab initio[349] la tierra que tanta y tan agradecida hospitalidad les brinda.
Y ahora, dígame Vd., mi amigo, ¿para qué puede haber nivelado la mano de la naturaleza el espacio que media entre el Plata y el Paraná (“caminos que caminan”) y las faldas de las[350] Cordilleras, límites de nuestro país con Chile y Bolivia? ¿Será para que se arrastre sobre esa superficie plana la tarda rueda de la carreta al paso lerdo del robusto buey tucumano, cuya piel y cuya carne se pagan a peso de oro al occidente de los Andes? ¿Será para que se espacie en ella el avestruz “privado por Dios de inteligencia”, como quiere la Escritura, y para que, “cuando[351] llegue la ocasión, levante las alas y se burle del caballo y del cabalgador”? ¿Será para que pueble sus soledades el alarido de los ranqueles y el relincho de los potros orejanos; o para que se[352] convierta, en fin, en Calvario, demostrando a[353] cada paso con sus cruces que la vida del hombre no es allí de Dios, ni de la ley humana, sino de la barbarie codiciosa?
¡No! El ingeniero invisible sujetó a regla ese mar de verdura, como sujetó la superficie del océano a un nivel permanente, y con iguales designios. Divorció con el agua salobre los continentes, porque había puesto en la mente humana el germen de la navegación y en la atmósfera los vientos constantes. Tendió el desierto, que es en apariencia el sudario de la vida social, porque en el siglo XIX el hombre había de inventar un monstruo corpulento como los megaterios, veloz más que el gamo, sobre cuya espalda había de erguirse en realidad como Rey de la Creación, mostrándose invencible en las luchas con las resistencias de la naturaleza y del espacio.
LINIERS Y LA RECONQUISTA DE BUENOS AIRES
C. O. Bunge (Según P. Groussac)
I. Los Preparativos y la Marcha hacia Buenos Aires
Conquistada por los ingleses en 1806 la ciudad de Buenos Aires, Santiago de Liniers tomó su partido: se dirigió a Las Conchas[354] y se embarcó en una lancha para la Colonia. Se dice que había pasado parte de la noche anterior en oración en el santuario de la Recoleta[355]: sería[356] la vela de las armas[357] de los antiguos caballeros, y a fe[358] que no sentaba mal en quien descendía de Guy de Liniers, muerto en la batalla de Poitiers.[359] Desde la Colonia escribió a Ruiz Huidobro, gobernador de Montevideo, reseñando el estado de la capital y proponiéndole reconquistarla “con 500 hombres de tropas escogidas que se le confiasen”. La Junta de Guerra allí establecida para preparar la resistencia a la anunciada invasión de Popham, opinó[360] que se debía oír a Liniers. Y se le confió el mando[361] que solicitaba.
El 22 de julio la división salió de Montevideo entre las aclamaciones del vecindario. Al frente iba Liniers, vistiendo el brillante uniforme azul y rojo, flordelisado de oro, de capitán de navío, y, en el pecho, la cruz de Caballero de Malta. Era[362] de alta estatura, de robusta presencia, y poseía una belleza risueña y varonil que formó parte de su prestigio entre la muchedumbre. Galante por raza y temperamento, saludaba a las mujeres apiñadas en los balcones y azoteas, anunciando la victoria que le tenía prometida aquella voz secreta, misterioso confidente de todo conquistador.